Es penoso, pero a veces a uno le da la impresión de que el presidente Leonel Fernández se ha desconectado del pueblo. Su más reciente discurso así lo evidencia. Esa actitud nos recuerda la época de Balaguer, que creaba expectativas pero en cada discurso hablaba de todo menos de lo que el pueblo esperaba. Eran otros tiempos y es difícil tratar de imitarlo.
En esta ocasión, los dominicanos esperábamos que Fernández se refiriera a temas puntuales, como por ejemplo la seguridad ciudadana, el desempleo, las carencias educativas, los aumentos de los combustibles, el narcotráfico, la corrupción, y el involucramiento de militares y policías en hechos delictivos.
Pero no; el presidente volvió a hacer galas de su tremenda oratoria para finalmente dejarnos en babia. En una defensa apasionada de su obra de gobierno, sin dudas visible, ni siquiera se refirió a las duras críticas hechas por la Conferencia del Episcopado Dominicano, pero tampoco a las formuladas por organismos internacionales, principalmente cuando se refieren a la migración haitiana y a la educación.
Se puede aceptar que no hablara sobre su eventual reelección, porque hacerlo podría crear a lo interno de su partido un grave malestar. Pero más temprano que tarde tendrá que hacerlo. El Presidente sabe también que hay una Constitución que le prohíbe reelegirse, aunque en más de una ocasión ha dicho que el pueblo decidirá. Deja una brecha.
Uno no entiende cómo un hombre con tanta experiencia política y sabiduría, no se percata de que la Historia juzga a los gobernantes. El país está avasallado por problemas sociales. La gente esperaba también cambios ministeriales, como lo hizo esta semana. Pero de nada sirve quitar un Ministro por infuncional, para premiarlo con otro cargo similar.
Cambio es, por ejemplo, motorizar la economía para que las riquezas sean mejor repartidas. Cambio es aportar más recursos a la educación, sin teorizar sobre la calidad de los servicios. Cambio es transformación.

