Como si estuviera condenado a una interminable pesadilla, el pánico volvió a cundir ayer en Haití con el sismo de 5.9 en Jacmel, que aparte de aterrorizar aún más a la población, terminó de derribar edificios ya agrietados en una ciudad que se caracteriza por su patrimonio arquitectónico.
Tras el terremoto del martes 12 que devastó a Puerto Príncipe en más de un 50 por ciento y ha dejado unos 200 mil muertos, el temblor de Jacmel representa un aviso sobre los criterios técnicos con que se ha de enfrentar la reconstrucción de la infraestructura de la asolada nación.
De un tiempo a esta parte Haití ha sido castigado duramente por fenómenos atmosféricos. Diferentes inundaciones causadas por torrenciales aguaceros provocaron en 2009 miles de muertos y millonarios daños materiales. Y sin que todavía se repusiera de los efectos de esas perturbaciones se produjo entonces el terremoto que casi arrasa con la capital.
Hoy, la sufrida nación, que carece de instalaciones para el gobierno y sus instituciones, está a expensas de la comunidad internacional. Si antes no había medios para solventar sus necesidades más perentorias, después de los fenómenos su inopia es más espantosa y conmovedora.
El temblor en Jacmel no tenía esa fuerza devastadora, pero sí para convertir en escombros edificios afectados por el potente terremoto que anegó de cadáveres las calles de Puerto Príncipe, además del trauma psicológico. Con tantos problemas sucesivos los haitianos pueden pensar que las desgracias los persiguen como una suerte de designio del destino.
Si bien no les ha faltado la solidaridad y el aliento de la comunidad internacional, con las inundaciones, los terremotos y la pobreza en que han vivido los haitianos pueden pensar que su territorio, por demás estéril a causa de la deforestación, ha dejado de ser apto para la supervivencia. Las secuelas del sismo en Jacmel activa aún más las alarmas sobre las condiciones materiales y psicológicas en que se encuentran los residentes de la desesperada nación.

