El derecho a desinformar siempre ha sidoun efecto colateral derivado del derecho constitucionalmente protegido a la libertad de expresión. El control de ese efecto nocivo en una de las libertades más importantes para los Estados democráticos, siempre ha recaído en la aplicación natural de costos reputacionales y morales sobre aquellos que, con o sin intención, desinforman. Con el quiebre informativo de la era digital, los costos se han diluido y está empezando a tener efectos graves en la vida real que deben ser vistos bajo lupa.
De la prensa tradicional siempre se esperaba un nivel razonable de credibilidad, después de todo, de esa credibilidad dependía su número de lectores o ratings. Y si bien podían cometer errores, como presentar dos lados de un argumento con si tuvieran el mismo peso (aún cuando en términos objetivos este no era el caso), estos hacían el esfuerzo de mantener sus espacios editoriales definidos, mostraban su disposición a corregir sus errores mediante fe de erratas y asumían su función de informar de buena fe.
Por supuesto, la prensa sensacionalista también siempre ha existido. Su gusto por las exageraciones, la explotación del morbo y el uso de noticias cuestionables siempre fue su método para capturar su atención. Pero ese estilo le hacía marcadamente diferenciable de la prensa tradicional.
a era digital, en cambio, ha creado un incentivo pernicioso que favorece la atracción de clicks, tanto para la prensa tradicional como la sensacionalista, que deja a la credibilidad de la información en un distante segundo plano al momento de presentarse un titular o una noticia. Esto ha ido borrando la frontera entre ambos mundos llevando a que una cantidad importante de sus consumidores les traten como equivalentes.
Se le suma a esto la llegada de la “era de las redes sociales”. Dónde no solo se acentúa la guerra de los clicks, sino que los algoritmos de estas redes tienden a favorecer la creación de burbujas de información acomodadas a la preferencia del consumidor, indistintamente de la veracidad del contenido que le está siendo suministrado.
El pasado 6 de enero miles de seguidores del Presidente Trump invadieron el Capitolio después de ser bombardeados durante más de dos meses con informaciones falsas sobre las elecciones pasadas en los Estados Unidos. Este es el más reciente ejemplo de como la divulgación de informaciones falsas se ha apoderado de nuestras sociedades.
Desde el tierraplanismo (la creencia de la que la Tierra es plana), al movimiento anti-vacunas, a los “truthers” del 11 de septiembre, y entre muchos otros movimientos conspiranoicos que antes eran apenas delirios de una minoría de locos son importancia, hoy han cobrado una fuerza que está dejando atónitos a gobiernos y élites en todo el mundo.
Esto nos debe llevar a reflexionar sobre que ha cambiado que permitió esta brecha, y ahí yace el problema del derecho a desinformar. En el momento que la prensa derribó la frontera de roles entre informar y sensacionalizar, y que un algoritmo empezó a decidir por las personas las informaciones que estas consumen, el costo moral y reputacional que venía con la desinformación se ha esfumado. Hoy miles marchan al Capitolio movidos por la desinformación, mañana no sabemos donde vamos a terminar.
Por: Orlando Gómez
orlando.gomez@gmail.com

