En términos individuales, Leonel Fernández es el fenómeno político contemporáneo que se debe analizar si se pretende evaluar con corrección la realidad actual y el futuro a corto y mediano plazos de la nación. Esa es una necesidad más imperiosa para las fuerzas políticas interesadas en producir un cambio en el rumbo desgraciado que transitamos como cuerpo social.
La anterior es una afirmación de naturaleza esencialmente política, no es un juicio de valor. En este ámbito no se trata de delimitar campos entre buenos y malos, existen políticos -como en todo en la vida-, distintos unos de otros, que optan por modelos sociales diferenciados y eligen rutas diversas en función de sus criterios para la conquista o preservación del poder.
El presidente dominicano no es la excepción. Ante la inminencia de su ascenso al poder, allá por el año 1995, pudo percibir, con una claridad que hay que reconocer, que la pronta desaparición física de Joaquín Balaguer dejaría acéfalo al decisivo sector conservador de la sociedad dominicana, el cual, ha hegemonizado la mayor parte de la vida republicana.
Decidió, haciendo añicos todos los pronósticos no sólo de la organización partidaria de donde procede, sino los de él en sentido particular, convertirse en el representante político de ese sector, lo cual, implicaba un giro de 360 grados en las esencias que habían dado origen al partido donde siempre ha militado y, de manera resaltante, al pensamiento político de aquel a quien proclamaba orgulloso como su líder y guía, el Profesor Juan Bosch.
Lo que más ha sorprendido de ese dramático cambio era precisamente la procedencia partidaria de quien lo estaba asumiendo y su trayectoria hasta ese momento, caracterizada por ser un abanderado de las posturas liberales y un miembro de primera línea del sector de avanzada dentro del PLD.
No obstante, las sorpresas no se detendrían en esa transformación abrupta de sus ideas políticas, sino que, una vez instalado en pleno ejercicio del poder, no ha escatimado esfuerzos en llegar hasta donde jamás podía imaginarse en la asunción de las prácticas políticas responsables del atraso histórico que acusa el país.
Esas decisiones impiden hacer creíbles sus predicas de una supuesta modernidad, al poner de manifiesto que su valoración de esa palabra se reduce a políticas públicas que no atacan los bajísimos índices de desarrollo humano que nos colocan a la zaga en todas las mediciones que se hacen de sus variables.

