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Mascarada educativa
El sistema educativo dominicano, desde la base hasta la cúspide se ha convertido en nuestra gran mentira.

Nuestros niños entran a las escuelas y colegios y la mayoría pasa de curso anualmente, llega a la secundaria, supera las Pruebas Nacionales, se gradúa y una gran proporción va a  nuestras universidades y sale con título de profesional; pero, al final de tanto “éxito” las evaluaciones de la UNESCO y el Foro Económico Mundial  siguen colocando a nuestros estudiantes en el último o penúltimo lugar entre cientos de países, en materia de calidad y competencias académicas.

Este problema ha sido ampliamente publicitado en los medios de comunicación, en seminarios entre expertos, campañas electorales y hasta en solemnes discursos presidenciales.

A la hora de proponer soluciones la mayoría apunta hacia el magro volumen de inversión gubernamental en educación. Y hasta el  Presidente de la República ha llegado a señalar, con razón, que el problema no es solo de inversión en tanto que son múltiples los factores (e intereses) que determinan la calidad del sistema educativo.

Sin embargo, nuestro caso es tan grave que seria cuesta arriba pretender superar esa situación si la inversión pública en la materia no se incrementa rápida y sustancialmente. Porque, además, en una sociedad en evolución y con tan desigual distribución de ingresos a medida que se paraliza la inversión en escuelas, recursos para la enseñanza y condiciones de los maestros, se amplía también la brecha entre la calidad de la instrucción que reciben los niños pobres y la que disfrutan los muchachos que van a los grandes colegios. 

Ahora bien, cabe aquí destacar otros aspectos de la crisis.

Y comenzaremos con una pregunta: ¿Si la calidad de nuestros bachilleres es tan pobre, como es posible que sean aceptados y se gradúen tan fácilmente en nuestras universidades?

La respuesta se obtiene en las aulas universitarias, y particularmente en la UASD. El que enseña allí sabe que el estado de conocimientos y habilidades intelectuales de los nuevos bachilleres es simplemente escandaloso y, peor aún, que la UASD, hace anos, en una maniobra de irresponsable populismo eliminó el Colegio Universitario,  aligero la carga y las exigencias de los programas, cambio hacia lo fácil los libros de matemáticas y ciencias de primer año y ha hecho trizas su antigua fama de calidad y ética académicas. Al final, ese relajamiento en el régimen de exigencia académica y calidad docente ha servido de mascarada  al sistema público de educación básica ya que si los bachilleres que salen de los liceos logran ingresar y obtener sus títulos universitarios tan fácilmente, entonces no hay razón para criticar ni cambiar lo que se hace abajo.

 Al final, como se ha visto, tenemos un sistema de complicidades en el que ministros, políticos y rectores quedan “bien”, aunque nuestros muchachos pobres sigan en el número 134 entre 134 países.

El Nacional

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