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 Resistencia al desarme

La disposición de la Secretaría de Estado de lo Interior y Policía que prohíbe el porte público de armas de fuego, y que parece una lógica iniciativa, ha caído en amplios sectores como un rayo en día claro.

Y digo que parece lógica, porque se estima que mientras menor sea el número de armas de fuego en circulación, menor debería ser la cantidad de incidentes fatales que se ejecuten con las mismas.

Entonces, si eso es lo que se quiere, ¿por qué la resistencia tan activa a ese tipo de desarme?

Veamos dos posibles explicaciones a tal actitud.

Primero, el grueso de la población ha interpretado mal la disposición de Interior y Policía. Se ha entendido que las autoridades se proponen despojar de su arma a cualquier ciudadano que la porte en cualquier lugar, incluyendo  en su hogar o negocio.

En realidad, lo que dice la disposición es que se desarmaría al que la porte en público, no a los que la tengan en sus hogares o la transporten descargada en su vehículo.

En segundo lugar, esa disposición se hace pública en un momento en que la población vive en  estado de crispación debido la sucesión de una larga cadena de crímenes  y secuestros escandalosos.

Además, la frecuente participación de efectivos militares y policiales en hechos de drogas, asaltos, asesinatos por paga y otros eventos delictivos ha generado en la población una fuerte sensación de desprotección y de desconfianza frente a la Autoridad.

La gente no sabe ya dónde comienza y dónde termina la delincuencia  en el país y se siente como acorralada, abandonada por el Gobierno al “sálvese quien pueda”, y en esa condición suena lógico que se aferre a su pistola como creyentes africanos a un fetiche protector.

Un fetiche, porque a decir verdad esa pistola en la mayoría de los casos sólo da seguridad sicológica, ya que en la realidad concreta de poco sirve frente al criminal profesional, al atracador de oficio o ante otra persona con instinto violento, de esos que “jalan y tiran” por cualquier cosita.

Pero, esa resistencia al desarme se puede asociar también a la actitud del Presidente de la República.

 La sociedad dominicana va enterándose de que en la apretada agenda del Presidente       esas cosas ordinarias no tienen espacio.

Que  su embeleso frente a las cátedras de expertos que especulan sobre la globalización financiera y su colapso no le deja tiempo para meter el bisturí en nuestros cuerpos castrenses y policiales y liderar el mismo, en persona, un proceso de regeneración ética y de rescate de los servicios públicos vitales.

(Y suerte que el Presidente no sabe matemáticas, porque entonces sí que lo perderíamos por completo, absorto – como el Quijote con los libros de caballerías- tratando de descifrar las nuevas y bellísimas ecuaciones sobre análisis de riesgos en mercados financieros).

Esa indiferencia del Jefe del Estado, frente a los problemas que angustian a la gente sencilla es causa también de esa mini-crisis de desobediencia (“Que te quito el arma, que no te la doy…”) desatada por la iniciativa del doctor Almeyda que, repito, debió tomarse como la más lógica y bien intencionada entre muchas.

Pero, el aderezo al plato de la desconfianza lo pone sin querer el propio secretario Almeyda cada día, cuando se desplaza por nuestros barrios “seguros” repleto de escoltas al frente y en la retaguardia… como en Irak.

El Nacional

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