El sombrero de Zelaya
En mi último artículo me referí a la crisis en Honduras, y a juzgar por la reacción de algunos amigos tal parece que no expuse con claridad mi interpretación de los hechos.
El caso es que casi me acusan de pro Micheletti. ¡Qué barbaridad!
Mi hipótesis es que los hechos de Honduras son la expresión del desarrollo de una crisis política de nuevo tipo, y que le está planteando un serio desafío a los regímenes democráticos de la subregión.
Un aspecto del problema es que la corriente más activa de la izquierda gobernante, que ha llegado con las reglas del sistema democrático, tiende a impulsar cambios estructurales de gran impacto en la distribución efectiva del poder político en toda la sociedad.
Por ejemplo, la estatización de grandes empresas no sólo tiene repercusión en los intereses privados, sino que pone en manos de la clase política una enorme cartera de empleos y la discrecionalidad en la aplicación de políticas de precios y subsidios orientados a propósitos sociales, algunos, y clientelistas otros.
En naciones con gran población de indígenas, secularmente excluidos, así como otras masas empobrecidas, la estrategia de la nueva izquierda permite movilizar hacia la participación política a esas poblaciones, las cuales se convierten en votantes leales al líder reformador hasta conformar una mayoría dura, tipo la de Chávez en Venezuela.
Esa es una de las vías de redistribución del poder político en esas naciones.
La tapa al pomo la pone la reelección indefinida, que ha sido entendida por las fuerzas opositoras las derechistas y las liberales- como una provocación.
El golpe de estado es una aberración, pero ha sido opción de recuperación del poder para los poderosos en la política real.
En esa perspectiva, vale repetir: al que le sirva el ancho sombrero de Zelaya ¡que se lo ponga!

