El dialogo significa disposición a valorar enfoques e intereses diferentes a los propios al abordar cualquier hecho o problema. Representa una apuesta a la persuasión más que al uso de la fuerza y la lucha.
Por ello, el diálogo nutre de racionalidad a la dinámica de la democracia y hace posible aprovechar la inteligencia colectiva para el diseño y aplicación de políticas de impacto nacional.
En las sociedades avanzadas, el dialogo entre oposición y gobierno es una costumbre. En parte, esto tiene que ver con que predominan allí las democracias parlamentarias, donde se requiere el apoyo de la oposición para aprobar en el Parlamento importantes asuntos de Estado.
Pero, en los regimenes presidencialistas como el nuestro, el dialogo entre oposición y gobierno es escaso y esporádico.
Por eso, nuestra tradición de concertación política es pobre, y casi se reduce a momentos de graves crisis en los que la vigencia del orden mismo estaba en veremos.
Ello significa que la sociedad dominicana siempre ha marchado fragmentada y sin agenda común respecto a sus principales problemas.
Por ejemplo, sobre el tema eléctrico, el migratorio, el económico y el institucional político, existen recientes y bien fundamentadas propuestas del CONEP, de FINJUS, de Participación Ciudadana, del Centro Montalvo, de fundaciones, academias y hasta de instancias del propio gobierno y los partidos. Y cada una de esas propuestas ha supuesto dialogo parcial y previo.
Pero nos ha faltado la argamasa unificadora capaz de transformarlos en un proyecto nacional y hacer realidad tantas ilusiones. En el presidencialismo dominicano eso pasaría por el Palacio y dependería de la voluntad de una sola persona: el Presidente.
Y como el Presidente es casi siempre un aspirante sin pausa, todo el proceso se rodea de inmediato de escepticismo y temores. Esa ha sido parte de las causas de las desventuras del dialogo político en el presidencialismo latinoamericano.
En el caso nuestro, y en estos momentos, aparte de esas razones estructurales del sistema, se agrega la disminuida credibilidad particular del propio Presidente frente a los demás sectores nacionales.
Por ejemplo, el Presidente ha convocado a un dialogo casi abierto y de prisa, muy propicio para el debate sin fin. Y lo ha hecho en paralelo con la convocatoria al Congreso para la reforma a la Constitución, y a pocas semanas de haber patrocinado una rápida reunificación del Partido Reformista. Y todo eso va ocurriendo frente al cercano horizonte del 2010, año en que tendrá lugar la bulliciosa feria para la subasta de senadurías, diputaciones y regidurías. Con ese contexto de fondo, puede decirse, sin temor a que le llamen prejuiciado, que esa convocatoria parece parte de los prolegómenos de una campana electoral.
Y por eso, luego de las poses y las fotos de rigor de los dialogantes volveremos a la posición anterior, a cada cual con su propuesta bajo el brazo, es decir, a sus monodiálogos.

