Solo los perredeístas que no les conviene analizar las causas reales de los problemas partidarios pueden interpretar la crisis actual como resultado de un asunto coyuntural y no como la expresión de problemas históricos que esa organización no ha sido capaz de trascender. De ahí que lo que sucede ahora es consecuencia, no causa. Más allá de innegables indisciplinas e incluso traiciones, el fracaso electoral no puede ser explicado de esa manera.
Tantas derrotas consecutivas y tantos problemas derivados de las ocasiones en que les ha correspondido ejercer el control del Poder Ejecutivo, no deben ser despachados con justificaciones simplistas y circunstanciales que casi siempre se reducen al enfrentamiento entre dos personalidades políticas al parecer irreconciliables. El haber eludido en cada ocasión la dilucidación de los auténticos inconvenientes, es una de las razones por las cuales los conflictos se reiteran. Es evidente que siempre termina todo echándose los desperdicios por debajo de las alfombras.
En realidad, de lo que se trata es de un partido que no ha podido reaccionar con inteligencia ante los signos de los tiempos y por eso, la recurrencia de sus mismos tropiezos lo hacen lucir estancado en idénticas problemáticas. Es que lo único que ha cambiado son los protagonistas.
De esa forma, podría resolverse su actual situación y no va a desaparecer su profunda desconexión con sectores sociales de los cuales se ha alejado en un intento fallido por conquistar espacios que no le son naturales y que están bien suplidos por sus adversarios políticos.
Esa minusvalía se agrava por las características de su liderazgo visible fundamental de la actualidad, el cual carece de las condiciones requeridas para hacer transitar al PRD por los senderos de su imprescindible reingeniería. Ni Hipólito Mejía ni Miguel Vargas Maldonado disponen de las herramientas necesarias para encauzar al partido por esos caminos.
El primero encarna un liderazgo que se quedó rezagado respecto del nuevo estadio de desarrollo social dominicano. Bueno y válido para prevalecer en una República Dominicana de la que quedan muy pocos vestigios. Excelente sería de dotarse de la nobleza de canalizar con sabiduría y ceder el paso a renovadas ideas encarnadas en portavoces diferentes.
El segundo no representa la esencia que el PRD precisa retomar y resulta evidente que sus imperativos de carácter personal están colocados en sitial de preferencia respecto a la voluntad de hacer prevalecer los intereses sagrados de la institución que dice representar.

