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Las naciones resisten … el mundo cambia…. y los dominicanos, ¿sucumbiremos?
Hasta hace poco tiempo, en el mundo prevalecía una ideología de la globalización con un trasfondo totalitario, como fenómeno inexorable que borraría fronteras, identidades y barreras tradicionales, unificando el mundo y redefiniendo la condición humana, al través de los mercados, la tecnología y el gobierno en las sombras de las élites globales y los organismos multilaterales. En realidad, un imperialismo sofisticado, de última generación.
Sin embargo, sabemos que ese esquema dominante está siendo cuestionado y desmontado radicalmente, incluso, en las naciones más poderosas del mundo.
Estamos presenciando además lo que había anticipado Octavio Paz en su obra Tiempos Nublados al referirse a La Revuelta de los Particularismos: Las naciones y sus pueblos, con sus identidades, culturas y creencias ancestrales, resisten de muchas maneras los intentos de suprimirlas o diluirlas.
De homogeneizarlas en nombre de la modernidad o degradarlas con los relativismos de la postmodernidad. Las naciones se afincan y se levantan sobre sus valores, su historia, sus raíces y tradiciones, y vuelven a demostrar contra todos los vaticinios su enorme vitalidad.
Recuerden que Duarte es el Padre de la Patria, sobre todo, porque siempre tuvo fe; una fe inconmovible, propia de los providenciales; una fe que nunca se entenderá desde la mundanidad. Cuando todavía no había dominicanos, y resultaba impensable una patria libre y soberana, él nos soñó, nos proyectó, nos forjó en la Trinitaria. Pagó también el alto precio de la proscripción y la total renunciación.
La historia nos enseña también que cuando los líderes no creen en el pueblo que les toca dirigir, cuando no tienen o pierden la fe en el destino de su nación y olvidan que la misma existe porque Dios lo ha querido; cuando sobrevienen los tiempos adversos de tribulaciones y asedios; en la desesperación, se producen las grandes caídas, deserciones y traiciones.
El electorado
Finalmente, sabemos muy bien que muchos de ustedes piensan que los asuntos antes planteados «no le interesan al electorado», que «no puntean en las encuestas», que a la ciudadanía no parece importarle; pero eso no responde a la verdad, sino que más bien refleja los graves déficits que acusa la dirigencia nacional: el pueblo dominicano nunca percibirá los peligros y amenazas que le acechan si los hombres y mujeres que somos sus guías y en los que ha depositado su confianza, no le advierten, orientan y educan, ya sea por no tener el coraje de enfrentarse a la conjura de poderes superiores, ya sea por sólo querer tratar los asuntos que reditúen votos o ventajas, o lo que resulta peor, por temor al voto haitiano.
En realidad, ningún pueblo está preparado para ser entregado por sus dirigentes, y es por eso que su ira puede ser terrible y fulminante.
No al extremismo
Sin embargo, frente a tantas tribulaciones y descalabros, no hay espacio para protagonismos absurdos ni para aprovechamientos politiqueros. Tampoco caben los extremismos alocados ni mucho menos el enaltecimiento de figuras dictatoriales de nuestro pasado, como Santana y Trujillo.
Ese proceder sólo serviría para hacerle el juego a los enemigos de la nación dominicana, que por años la han estigmatizado, delineándole un horrible perfil criminal.
Evocando esos personajes siniestros, solo se facilitan los ataques insidiosos de la trama antinacional, para presentar al pueblo dominicano como victimario, cuando en realidad es víctima expiatoria de grandes pecados históricos de los poderosos de la Tierra.
En la lucha por restaurar su soberanía y autodeterminación es imprescindible no perder el sentido moral ni tampoco la perspectiva histórica, dentro del contexto geopolítico regional y mundial.
Grandeza de espíritu
Por eso también es necesario tener siempre presente que la lucha de resistencia patriótica debe concebirse con amplitud de miras y grandeza de espíritu.
Debe ir más allá de la defensa de nuestros intereses nacionales: los dominicanos no sólo debemos procurar un compromiso serio y consistente de la Comunidad Internacional con un mejor destino para la nación haitiana, pero en Haití -y en esa causa demostrar ser sus mejores aliados-, sino también luchar por conseguir que toda la región Gran Caribe, en especial las Antillas, sea un espacio de seguridad y democracia, prosperidad y paz.
Es hora de levantar con energía y resolución nuestra bandera tricolor y el ideario luminoso de Duarte, «sin perder la fe en Dios, en la justicia de nuestra causa y en nuestros propios brazos».
Es hora de actuar con el sentido de trascendencia de las batallas decisivas, con la consciencia apremiante de los que sienten el intenso dolor de perder la patria y con ella el honor.
Nuestra historia de vicisitudes nos brinda valiosas lecciones: el pueblo dominicano siempre ha sabido responder y levantarse cuando sus dirigentes están a la altura de sus responsabilidades y confían y apelan a él.
Los dirigentes dominicanos no debemos olvidar que la política internacional es implacable, y que, si no nos comportamos como Estado, ejercitando permanentemente el músculo de la soberanía y la autodeterminación, seremos tratados peor que una colonia.
Este es un sincero llamado al deber con la patria, que no espera más -cómo dijo Martí a Gómez-, que «la probable ingratitud del pueblo» y la satisfacción que brota de su cabal cumplimiento.
¡Dirigentes dominicanos, reflexionemos y rectifiquemos! ¡Dios, Patria y Libertad!

