Opinión

Domínguez Brito

Domínguez Brito

Con la militancia ilusionada que ingresé al PLD pocos después de su fundación, jamás hubiese deseado sufrir la decepción que experimenté, la cual me condujo a marcar distancia de una organización con la cual, a partir de sus prácticas políticas desde el poder, dejé de sentirme identificado.

Aquel golpe en el alma de un político que suponía haber encontrado el nicho para servir a su patria ocurrió a poco andar del aquel primer ejercicio gubernamental que ofrecimos como el nuevo camino, antítesis de lo que hasta ese momento caracterizaban los desgobiernos que una nación merecedora de mejor destino había padecido.

No dado a desistir ante el primer tropiezo, me refugié en la esperanza de que retomaríamos la ruta prometida y me sentía acompañado por compañeros en quienes nunca supuse se mostrarían indiferentes ante acontecimientos que se presentaban, contradictorios con los predicamentos que nos condujeron al Palacio Nacional.

Juraba que a quienes atribuía condición de aliados en las ideas que nos nuclearon, seríamos capaces de conformar una corriente de pensamiento que advirtiera desvíos inauditos y frenaríamos esa marcha hacia el abismo que implicaba felonía al pensamiento y obra de un líder que a la sazón estaba inhabilitado física e intelectualmente para rebelarse ante tan deleznables conductas.

Si me forzaran a citar nombres de quienes consideraba infaltables en esa línea de rescate de un discurrir desquiciado, uno sería Francisco Domínguez Brito. Personaje que proyectaba imagen imposible de asociar a la complicidad con lo indebido, me adicionaba fuerzas para perseverar en la fe de que aquella hecatombe sería pasajera y más temprano que tarde él y otros a quienes atribuía similares condiciones, aportarían ideas y acciones para revivir la confianza moribunda.

Si un gesto tan significativo como incinerar un símbolo partidario como mensaje de la necesidad de hacer desaparecer un pasado nefasto para abrir puertas al porvenir prometido, se hubiese realizado en aquellos días, todavía continuara apostando a que el rescate del PLD no fuera quimérico.

Lejos de eso, Francisco se identificó de forma absoluta con los acontecimientos, al punto de proclamar orgullo por su partido y sus gobiernos. Entonces, ¿a qué se refiere con su contundente mensaje? ¿No son los peledeistas, a quienes ha apoyado públicamente, responsables del desastre que pretende incendiar? ¿Por qué no cita por sus nombres los causantes del desastre? Qué pena que algo valioso se traduzca en oportunismo, por ser enarbolado por alguien que perdió autoridad para hacerlo.

El Nacional

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