Ha sido publicada en la prensa dominicana la declaración jurada de bienes que acaba de hacer José Pepe Mujica, el Presidente de Uruguay. La nota resaltante ha sido que el único patrimonio del mandatario, de 76 años, consiste en un viejo automóvil de los que en este país se conocen como cepillos.
En adición, la casa donde habita pertenece a su esposa, y se ha negado a abandonarla por el cargo que ocupa, habiendo sido necesario reacondicionarla para garantizar su seguridad.
Esto nos ha hecho recordar mucho a don Juan Bosch, quien hizo una declaración similar cuando fue presidente de nuestro país, en la que señalaba que los muebles de la vivienda no propia que ocupaba los había adquirido a crédito.
Como se comprenderá, resulta imposible evitar la comparación entre actitudes como las señaladas y las cosas que presenciamos en la actualidad. Con la agravante en nuestro caso de que quienes asumen una conducta caracterizada por el boato y la ostentación, diametralmente distinta a la del fundador del PLD, son sus continuadores al frente de la organización partidaria. Los mismos que en un momento determinado persuadieron a la población de que sería cierto que con ellos se instauraría una nueva forma de ejercicio del poder en la nación.
Que conste, no estamos postulando porque haya que ser indigente para ejercer una función pública. El mérito de ejemplos como el de Pepe Mujica hoy y el del profesor Bosch ayer, radica en que no convirtieron sus posiciones en oportunidades para dar un salto económico imposible de justificar a partir de los pagos que recibe un presidente de la república ni mucho menos funcionarios de menor categoría.
La magia financiera no existe y nadie puede pretender que se valide como resultado de ingresos salariales las asombrosas transformaciones patrimoniales experimentadas en personas que apenas ayer eran ciudadanos comunes y corrientes con las limitaciones propias de cualquier profesional o trabajador de clase media.
No se pretende convertir en mérito la pobreza ni estigmatizar la riqueza. Después de todo, lo relevante siempre será el origen de una u otra circunstancia. Un pobre puede ser un desalmado e inepto para servir a su patria, tanto como un rico puede ser todo lo contrario. Eso es otra cosa, algo muy distinto a tomarnos el pelo y esperar que no llamemos corruptos a quienes no tienen manera de justificar la metamorfosis económica que exhiben sin rubor e impunes.

