En mi peculiar estilo de otear y describir nuestra política vernácula a la distancia, entiendo que en República Dominicana hubo una competencia en la que bailadores puntearon un nuevo, complicado, y difícil baile, denominado algoritmo, en el que resultó ganador un inusitado bailarín llamado Gonzalo Castillo.
Este baile en boga se corresponde con un vocablo que se pronuncia con una sola ‘r’ porque está intercalada; pero mucha gente insiste en pronunciarla con doble ‘rr’, que lo hace sonar como algorritmo.
El improvisado bailador, Castillo, que muchos entendían que era un neófito y sordo de los pies, se impuso con 911,324 votos sobre su más cercano contendor, el veterano bailarín, Leonel Fernández, quien obtuvo 884,630.
Se comenta de Castillo, que aunque su ventaja no fue muy amplia, ganó porque como base de ese evento el jurado no sólo contó con los votos del entorno de estos danzantes, sino que se hizo de forma abierta; sufragó todo el que quiso. Hasta se votó por ninguno. Con esa modalidad, en principio, Leonel, lucía desesperado y conturbado.
Se dice que Gonzalo, al que muchos entienden como un individuo que ha cometido sus travesuras, ganó porque punteó o bailó mejor; fue vestido sencilla pero sobriamente ataviado con mangas cortas, y además, nunca alardeó con avasallar a su rival, quien, a pesar de su aprensión siempre mostró arrogancia y prepotencia y dijo que, en el salón, lo iba a ridiculizar.

