Opinión Articulistas

El arzobispo Valera

El arzobispo Valera

Elvis Valoy

La vil invasión haitiana del 1822 que tuvo como corolario el cierre de la Universidad, el reparto de tierras entre los militares, la clausura de templos católicos, la imposición de impuestos para el pago de la deuda con Francia, etc., trajo consigo los primeros copos de libertad e independencia.

El odio del gobierno de Boyer a la Iglesia Católica demostró una vez más el refrán que dice muy acertadamente «Gente de sotana, nunca pierde y siempre gana», aforismo popular que puede perfectamente aplicarse al caso del arzobispo Valera, quien el pasado jueves 19 de marzo cumplió 193 años de muerto.

Nacido en Santo Domingo y educado en lo que hoy es la UASD, sufrió las incertidumbres que generaban los tratados y acuerdos a los que arribaba España en Europa, los cuales ponían en «peligro» la fe católica y la hispanidad, ocasionando su radicalización en contra de todo lo que atentara con el pasado colonial, posiciones que indiscutiblemente fueron una manera de ser nacionalista para esa época.

Consagrado docente y fervoroso religioso en medio de una precaria situación económica y social por la que atravesaba Santo Domingo, Valera abrió nuevamente las puertas de la Universidad en el año 1815 (Batista Lamaire, Oliver, 2025, p. 261), lo que se entendió como una nueva apertura del saber.

Inmediatamente irrumpió el presidente Boyer aquí, a Pedro Valera y Jiménez lo consideraron un escollo para el proyecto haitiano de usurpación de la media isla; un sicario con un filoso cuchillo enviado por el comandante haitiano Maximilien Borgella tuvo la encomienda de asesinarlo, hecho del que se salvó milagrosamente.

Luego de una profunda reflexión, el cura tomó la decisión de emigrar primero a Venezuela y luego a Cuba, seguido por varias familias que le acompañaron en esa travesía.