Palpitar entre la vergüenza y la nausea
Tiene usted razón, Ángela, su padre palpita entre nosotros.
Y si alguien me preguntara el por qué de tanto palpitar, le diría que se trata del maniqueísmo torpe de las religiones y las filosofías, el yin y el yan, luz y sombra, cordero y lobo, y en ese plan.
Si Dios habita entre nosotros, lo normal y esperado es que también habite el diablo, y así ha sido, tanto, que 49 años después, aquí seguimos contándonos sus afrentas, los crímenes de su padre, señora, el lobo.
No sé si sabrá usted, -tan ocupada en su reinado de nostalgias-, que ajusticiado su Padre, las familias maipiolas de su régimen han seguido reinando en el país, con su jet set de gente bien, y demasiadas cropologías celebradas; que su delfín más despóticamente brillante, Balaguer, desgobernó el país entre cadáveres durante doce años, y logró que los suyos se refundieran con las caricaturas de trujillitos con trajes de demócratas, en partidos, clubes, marinas y puticlubs.
Es triste y no debía yo confesarlo: Ustedes fueron el infierno, señora, pero nosotros no hemos sido el paraíso.
Aquí, desde mayo 1961, desde aquel abril de 1965, aquel agosto de 1978 o de 1996, nunca se ha escarmentado a los traidores, como manda el Patricio; por eso hemos terminado en lo que estamos: en un afrentoso cambalache, una insólita descomposición social de tal magnitud, que su libro de homenaje al más cruel sátrapa de las Américas será presentado en el auditorio de una universidad dominicana, la del Caribe.
Así de poderosos y triunfadores son ustedes: Hela ahí. Una academia que debía ser luz, presta su auditorio para celebrar las sombras, conmemorar la muerte, homenajear asesinos. Con lo fácil que hubiese sido alquilar un cementerio, reconstruir la cárcel de La 40 . Para luego ponernos a llorar en procesión y de vergüenza.
Regrese pronto, y no tema, señora. Que Dios o el Diablo, -cualquiera de los dos- le bendiga y le proteja, y que no la mate nadie, ni la encarcelen nunca, ni le den picana, señora, que nunca le revienten los riñones, ni le violen una hija. Nuestra democracia papelera y torpe puede asegurarle eso.
Presente su libro, regrese a sus habitaciones de otoño, y sin rubor, siga palpitándonos a todos entre la vergüenza y la nausea como su padre, como su padre.

