Navidad sin niños en la calle
Si en Navidad alguien me permitiera pedir un deseo, entonces, pediría unas fiestas navideñas sin niños en la calle.
Vano empeño, tristes sueños porque Patxi Andión se encarga, cruel, de anunciarnos el fracaso, al decirnos: «Hoy rigurosamente hoy, ha nacido un nuevo muerto, ha nacido un nuevo niño en la calle. La calle será su escuela, su universidad, su casa, el asfalto su morada.»
Las historias sobre los niños de la calle son desgarradoras y tristes, como si el diablo se hubiera decidido a poner sucursales del infierno en los semáforos. En verdad, no sé para qué hablamos de democracia y valores, de principios y proyectos en este país, si las calles la nuestra ciudad no son más que un inmenso jardín infantil para la delincuencia y la prostitución; como si tuviera algún futuro un país donde hay un niño en la calle.
Un niño que, como un AMET con las multas, tiene una cuota asignada, una cantidad de dinero fija que debe llevar a su casa cada noche, a riesgo de recibir una paliza si no lo hace, está a la puerta de la prostitución, el robo o la distribución de drogas.
No sé el costo de crear, equipar y mantener los albergues infantiles que manda la Ley de Salud y el sentido común; como tampoco sé lo que cuesta regenerar a los degenerados seres humanos que aportaron espermatozoides y óvulos para que esos niños nacieran. Pero algo ha de hacerse sino queremos convertir a la RD en una sola gran favela de niños adolescentes, hijos del resentimiento, marcados por el dolor, violentos como la ira.
Que lo sepan cristianos con llanto, evangélicos con biblias, agnósticos con Marx, sobrinos de Lenin y solteras sin sexo. Que se enteren los políticos sin prisa, los empresarios romanos, las chicas operadas, la modelo en colalé. Que lo escuchen el Palacio y los partidos, el Congreso y los colmados, el CONEP y el J-2, mis amigas de La Feria y los testaferros del oprobio.
Si con la llegada de la Navidad y su manojo de esperanzas, llegan o permanecen los niños miserables en las calles de nuestras ciudades, sépase que todo está perdido: No hay patria ni somos país, no hay familia ni hay Cristo, y posiblemente, en algún lugar de un barrio pobre, desconsolada, llora María Magdalena por el hijo que nunca llegó.
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