Las elecciones, como los homenajes y los reconocimientos, es mejor echarlas de más que echarlas de menos.
Hablo del mal menor de estar hartos (-de tanto caravaneo sin sentido ni discurso, de tanto transfuguismo vulgar e impensable desde Zorrilla Ozuna hasta Luis Inchausti-) ante el mal mayor que supondría el tener que luchar por unas elecciones libres y transparentes. Justo y como nos ocurría hasta hace poco a los dominicanos, donde siempre aparecía un plan B, un padrón alterado, un chileno que no amaba a Neruda, y entonces, aterrado, llamábamos a unos notables, una embajada, una iglesia, unos diplomáticos y alguna dama de notable belleza, ay, para que nos vinieran a salvar la democracia. Pero desde Lilís se sabe que los cañones disparan, disparan.
Son las pruebas superadas de nuestra democracia.
Ahora queda el empoderamiento legal y constitucional de la Junta Central Electoral para llevar a cierta racionalidad a esta partidocracia nuestra que no siempre ha estado a la altura de su éxito y su aceptación electoral.
La JCE necesita cuanto antes, -ahora apoyada en el empoderamiento que le otorga la nueva Constitución de la República-, desempolvar aquel Reglamento de Elecciones que la cámara administrativa de Roberto Rosario propuso a los partidos y al país, y cierto país y la partidocracia echaron al zafacón y al olvido.
La JCE debe asumir su rol. El narcotráfico acecha. La rueda del abuso de los recursos del Estado en palacios y ayuntamientos no se ha detenido nunca, y la caja de Pandora de la campaña sucia ha sido abierta.
La JCE tiene la responsabilidad de, apoyada en la Constitución y la ley que la rige, salvar la campaña de la nausea, y de paso, salvar quizás la paz social del país y su democracia, imperfecta sí, pero imprescindible. Las pasiones están desbordadas, señores magistrados, y la lucha por el poder no es entre San Martín de Porres y los Niños cantores de Viena. Créanme. A esta campaña alocada de bandereos y caravanas, es mejor echarlas de mas que tener que echarlas de menos.

