Las madres y el santo equilibrio de la María Magdalena
Es tan fácil esto de escribir un texto de amor y agradecimiento a las madres, que el bulevar del año pasado sobre mis tres madres Yolanda ni se lo cobré a don Pepín.
Es tan fácil señalar lo evidente, como pedirle al sol que alumbre, al ruiseñor que cante o a la nube gris de tu ausencia que pase, !ay!
Qué palabra decir ya, qué frase repetir, qué verso imaginarse para expresar lo que casi todos sentimos hacia nuestras madres.
Las madres, en especial las que lo eran a full time -(antes de que el capitalismo y su desarrollo les pusiera el gancho de salir a las calles a producir más dinero para volver cansadas a la casa a seguir siendo madres y administradoras porque el macho ibérico no colabora)- ellas, nuestras madres, ya digo, son la señal de que a pesar de todo, alguna fe podemos tener en la especie humana.
Desde Platón, mil gentes han repetido: mientras más conozco a los hombres, más quiero a mi perro. Por el contrario, gracias al conocer madres como las nuestras, todavía un poquito de fe en los seres humanos nos queda.
Algo me dice que Dios, la María Magdalena, Jehová, Alá o Buda, llámele cómo prefiera, debe ser el responsable de este santo equilibrio. Que Dios aprieta pero no ahoga, eso.
Así, en 1891, por un descuido estadístico de San Pedro o de un sobrino del Buda, vino al mundo Rafael Leónidas Trujillo. Entonces, para resarcir su error, antes de que terminara el siglo XIX, 1899, creo, los muy señores nos enviaron a doña Chea, Mercedes Reyes Camilo, para que trajera al mundo a sus hijas de ejemplo, Las Mirabal, y para que, con Dedé, criaran a sus nietos/sobrinos huérfanos desde la salud mental, el bien y el amor, bien alejados del resentimiento. Minou, por ejemplo.
En 1924, una señora alumbra a Johnny Abbes Garcia, el monstruo del SIM, pero dos años después, otra vez para equilibrar, Dios reacciona y nos manda a Minerva Mirabal Reyes.
Y así vamos. Por cada Pinochet que pare el mundo, brota una María Coraje en España o algún lado. Stalin nació, pero no lo hizo solo, porque el mismo día, en algún lugar, una madre caribeña vino al mundo, mis Yolanda, por decir, mi abuela Nena Soriano, la de los McKinney.
Equilibrios de Dios, de la María Magdalena o de Pichuco.
Ahora, cuando parecería que todos los caminos -ideológicos o religiosos, espirituale s o existenciales- se nos cerraran de un portazo, piense hoy en esa madre suya, en la de cada cual; en ella encontrará la utopía perdida, el germen perdido de la esperanza y la fe en la especia humana. A pesar de los pesares. Muchas gracias.

