El Seibo, polvo y sed
Una invitación, si es al Este, aunque provenga de un Senador de la República, uno la relaciona siempre con la mar y sus azules, con sus buenos tiempos idos. Al fin, todos tenemos nuestras postales de buena memoria, una memoria que ya sólo funciona para los buenos recuerdos, que son los que nos ayudan a sobrellevar derrotas, sueños truncos, dolorosas ausencias, celebradas bienvenidas.
Tal que, el sábado uno estuvo recorriendo la región Este, específicamente la provincia El Seibo, sólo para confirmar que entre hateros en retiro, síndicos con gorras, diputados sin franela y gobernadores distraídos, anda el diablo de la pobreza rumiando sus recelos a una población sin esperanzas.
El Seibo sucumbe entre olvidos. Miren: por no terminar una planta de tratamiento de un acueducto iniciado en 1987, una comunidad entera, La Gina, sobrevive sin agua potable, jugando con amebas, bañándose en el río, y no como expresión loca de un amor apasionado, lo que estaría muy bien, -hagan memoria- sino por un descuido cínico de todos los gobiernos que gobierno han sido, que son 22 años, oiga usted.
Salvo en Miches, donde se observa un bienestar de casas pintadas y muchachas sonrientes en los colmados, el resto de la zona presenta un descuido de espanto. Las calles son de polvo, llanto y piedras.
Roberto Rodríguez, Senador de la Provincia, nos invitó «con las peores intenciones», seguro de que nos conmovería tanto desamparo, inequidad social, falta de oportunidades en una zona de tan impresionante belleza y tan acumuladas riquezas. Las atenciones no pudieron ser mejores, es cierto, pero la dureza de la realidad palpada impidió todo gesto de educación doméstica. Ni las gracias le dimos.
Mientras en el polígono central de la Capital florecen las amapolas de la más auténtica modernidad, en el rico Este una provincia languidece entre el polvo y la sed. Tan pobre, que sus toros han abandonado la lidia para dedicarse, tristes, a vender caricias de paso a desconsoladas vacas viudas en la glorieta del parque.

