Ocurre una o dos veces al año. Esta vez ha tocado el turno a don José León Asensio, cabeza de uno de los grupos económicos de mayor tradición y fe en el país, dominicanidad celebrada, solidaridad practicada y vocación de servicio.
Hablo de clamar, no en el desierto, sino en el escenario de poder de un almuerzo de empresarios e industriales, con presencia presidencial incluida, aunque el efecto para los resultados sea el mismo.
Hablo de la voluntad política para llevar a la práctica, al mundo de los hechos, unos planes, un nuevo modelo económico que no puede esperar más, la era pariendo, no un corazón, que es cosa de Silvio y su termocefalia, sino la urgente necesidad de un acuerdo nacional para el desarrollo, la definición de nuestras benditas prioridades. Y que quien se mueva no salga en la foto.
Si el CONEP, los León, los Vicini, los Corripio, los Estrella- García y otros señores del poder económico; si el PRD y sus presidenciables, la Iglesia y su omnipresencia, su eminente e inminente Cardenal, si la sociedad civil y la militar, si todos están de acuerdo en lo fundamental salud, educación, empleo, transparencia y no impunidad, entonces, ¿qué estamos esperando? ¿Un Baninter político que eche a las masas a las calles y llegue la sangre entre hermanos y se vaya al carajo esta democracia tan imperfecta y papelera como imprescindible?
No podemos seguir siendo una patria de esperpentos y absurdidades, impunidades todas, de falta de coraje ante la historia.
Nuestra partidocracia reinante no puede seguir ganando elecciones al alto costo de traicionar sus sueños, olvidar la patria, ¿Comprende? ¡Yo, los perdono a todos!
No podemos seguir siendo el país ¿Y? donde nunca pasa nada, salvo la esperanza algunas tardes, algunas frías en La Casa, un vino que mandaron, y un cielo que enmudece en gris para que podamos escuchar alguna música, leer algún poema, robar algún beso, o padecer, vencidos, la ausencia cruel de unas caderas, el recuerdo tierno de unos besos después del fuego, ¡ay!, don Radha, usted sabe de eso.
Menos mal que por lo menos nos queda la palabra la santa poesía y sus consuelos al fin yo no quiero más luz que el celeste fulgor de tus ojos de patria.

