A propósito de padres
Sombras que sólo yo veo me escoltan mis dos abuelos/. Los dos se abrazan/
los dos suspiran/ los dos las fuertes cabezas alzan;/los dos del mismo tamaño/
ansia negra y ansia blanca/, los dos del mismo tamaño, gritan, sueñan, lloran, cantan./ Sueñan, lloran, cantan. Lloran, cantan. ¡Cantan!
Nicolás Guillén
Porque siempre he dicho que los dominicanos somos andaluces pasados por África. Etíopes y gaboneses amamantados por la loba de las noches de Cádiz, Málaga y Sevilla.
Porque nosotros somos ellos y en nosotros está Lemba y está Don Bartolomé, el de Las Casas.
Porque no sólo El Quijote nos persigue y nos protege, sino también el tambor que nos alegra y nos da vida, por su ritmo y su alegre nostalgia, por su vocación para la felicidad.
Por ellos, los hermanos negros de esta nación mulata, tan alienada de jalouin y sanguivin, avergonzada de su negritud con su «texturizado» a cuestas.
Porque hemos adorado hasta el ridículo a la Madre Patria, que a veces sólo ha sido una puta madre, y nos hemos olvidado, acomplejados, de nuestro ser mulato, de nuestro negro Padre de la Patria, que no son los tres mulatos conocidos, sino el abuelo negro al que cantó Nicolás Guillén.
A ese abuelo negro y sus nietos, ay, nuestro lamento mulato por tanto olvido y tanta ignorancia; nuestro reconocimiento sin fondo porque sin ustedes, -nosotros- mulatos cuarterones, morenitos descafeinados, estaríamos incompletos y desconsolados.
No tendríamos son, ni tambor, bachatas ni mulatas, o sea, no tendríamos sueños que es una forma triste de decir que no tendríamos ni siquiera esperanza. Y entonces, desde el parnaso alegre de su negritud coronada, se escucho la voz de Ventura, decir mejor que un poema Borges: «y oye qué rico, mami.»

