Opinión

El Bulevar de la vida

El Bulevar de la vida

«Que no te compren por menos que nada, que no te vendan amor sin espinas, que no te duerman con cuentos de hadas, que no te cierren el bar de la esquina» J.Sabina.

De niño, doña Yolanda recogía a todos los jóvenes del barrio y nos llevaba a recorrer caminando los campos cercanos al pueblo de Baní.

Primero había que subir a El Cerro, una pequeña lomita que para entonces nos parecía el Himalaya; de ahí pasábamos a Cañafistol, a Sombrero, El Llano, Bocacanasta y terminábamos en el balneario Los Almendros.

En las noches, en la esquina donde estaba mi casa y que todos conocían como “la esquina de McKinney”, nos reuníamos a hacer cualquier cosa.

 Las “malaspalabras” no abundaban porque doña Yolanda, sentada en la galería, supervisaba en silencio, y en ese entonces, por mal hablado o vulgar que uno fuera, el respeto a los mayores era una barrera infranqueable, y especialmente el respeto hacia mi madre era total de parte de todos en el barrio.

 En esa esquina cabía el mundo.

Y allí se hablaba de los Beatles y de Raphael. Otros estábamos seguros de hacer la revolución cualquier tarde, como se hace ahora la luz o el amor, ay, y los amores eran ingenuos como deberían ser los amores de los adolescentes. Pero dona Yolanda supervisaba.

La situación económica era precaria pues no había un carro o un aire acondicionado en toda la manzana del barrio. Todos teníamos una sola “muda” para los cumpleaños, bautizos y para la fiesta de noviembre en el Casino… y el amor era ingenuo y para toda la vida, una vida que en realidad terminaba siempre un lunes.

En el parque del pueblo había verbena los domingos, y todas las noches había tertulias espontáneas de pelota y política.

Los fines de semana uno daba serenatas con cualquier pretexto, por el “si” o por el “no”, o por la magia de haberla conocido mientras compraba un helado de cajita donde Chachí, o el milagro de volverla a ver en la pequeña galería azul de su casa donde, custodiados por un parque en homenaje a Máximo Gómez, aprendimos a leer a Neruda entre el brillo de sus ojos tristes y su mirada de muchacha buena.

Ese mundo es el que recuerdo en esta madrugada, mientras reviso la prensa y veo que nuestros diarios y telediarios son la suma de todas las vergüenzas diluidas en sangre, de accidentes, asesinatos, agravios, soledades, familias sin familia, hijos sin padres ni ejemplo, muchachas en flor entregadas por un BB o un jean caro y con la anuencia de sus padres.

Ahora, que en la “esquina de McKinney” ya doña Yolanda no observa a nadie porque en nuestros barrios las esquinas pertenecen al “jodedor” (vendedor de drogas), y la muerte saluda a su paso y sin temor se queda a cenar en tu hogar…. (La gente puede morir de hambre pero no debería vivir en la incertidumbre de la muerte.)

Justo ahora, que hay lavadoras y todos tenemos un primo en Boston que tiene una bodega, un amigo narco que ayudó para el negocio, una prima puta que boronea con el dinero de su amante de turno, y cuando el Smartphone es la nueva cédula de la post modernidad. 

Justo ahora, que el miedo nos paraliza cuando vemos una banda o una patrulla policial (que a las tres de la mañana puede ser una jodida redundancia), justo ahora, en la esquizofrenia de una esquina, la desconfianza para todos y ante todo, es justo ahora, y a pesar del crecimiento PIB, a pesar de nuestra casi milagrosa estabilidad económica a pesar de todas las crisis occidentales, a pesar de nuestros malls y sus modernas lavanderías, los carros de espanto, la villas de ensueño…

Justo ahora, cuando definitivamente en cada pueblo del país la inseguridad de las calles y los barrios ha cerrado “la esquina de McKinney” de cada quien, siento que ahora, ahora, ahora sí que somos pobres.

El Nacional

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