Amar es tener que pedir perdón… y merecerlo J.Umbrales
Poeta, soñador, bohemio, utópico, pendejo, pesimista.
He ahí, los contra insultos más utilizados para restar verdad a una verdad, para quitar méritos o razón a un planteamiento, cuando no se tienen ni verdades ni argumentos para rebatirlo.
Aunque puestos a meditar sobre los reiterados contra insultos utilizados con desdén y arrogancia por algunos para descalificar posiciones, uno pregunta desde el bulevar de sus derrotas: ¿qué habría sido del mundo sin poetas, soñadores, utópicos y pendejos, pesimistas?
¿Qué sería de la India sin Gandhi y sus sueños de paz, de lucha sin violencia?
¿Por dónde andaría la humanidad, que ya anda mal, si no sobrevivieran entre luchas y crisis personales, los cronopios de los sueños que insisten en las utopías, en la magia de los amaneceres, y sobre todo, en sobreponer la dignidad a la victoria?
Sólo la muerte y la historia pueden hablar de victorias.
Duarte o Bosch fueron derrotados más de una vez, casi siempre. Minerva Mirabal quiso inventarse la libertad en una patria oprimida y exigir un respeto negado entonces a la mujer dominicana, y sólo encontró la muerte.
Sin embargo, mientras existamos como nación y respire entre sueños esta patria, será imposible reconocerla, amarla, venerarla, sin pronunciar el nombre de Duarte, Bosch o Minerva.
Y siempre que en aulas o parques se pronuncie con orgullo el nombre de la República Dominicana, será inevitable recordar a estos inventores de utopías fracasadas que, como flores amarillas de junio, volaban con sus sueños de patria libre (con la temeridad de un enamorado, ay), hasta que los despertó la muerte para enviarlos a la eternidad, es decir, a la gloria donde habitan los que vivieron en el ejemplo, en la firme lealtad a sus sueños.
¡Y que sigan los pragmáticos señores burlándose de la utopía, de la poesía, de los sueños, de la bohemia, de un bolero, del pendejo señor que cada día intenta medio vencido- reconciliarse con sus derrotas, por sobrevivir con cierto grado de dignidad entre un gran amor y el decoro, sin ceder un paso a la vergüenza histórica o simplemente a la vergüenza, que diría don Mario si estuviera.

