Opinión

El Bulevar de la vida

El Bulevar de la vida

Ser como él

A Pilar, a Gian Carlos, a los Beras Goico todos, en esta noche tan larga en este adiós tan imposible. 

        Este fin de semana no llegó el fin del mundo, aunque en cierto modo lo fue. Por lo menos llegó el fin del mundo de risas, amor de patria y solidaridad que en 30 años y mil noches creó Freddy Beras Goico. 

        Días grises, llenos de plomizo color y pena negra.

        Las muestras de amor han sido desoladoras.

        Sin Freddy, hoy todos somos más huérfanos que ayer.

        Muy pocas voces, personalidades, líderes, mitos, (hombres de patria tomar y alegría repartir) le van quedando ya a esta patria sin fe, para que en un descuido de Dios, venga esta “vida desatenta, ay, esta muerte enamorada” a dejarnos sin Freddy.  

        Todo hombre, toda patria, necesita creer en alguien para tenerse en píe, para sobrevivir. Y resulta que, fusionado y fundido lentamente, irrespetado como un mendigo, el país nacional se va quedando sin locos que crean en él, y lo hagan sin cobrar más facturas que las de su trabajo, con lo difícil que es ahora cobrar las facturas publicitarias.

            Las aves vuelan al nido, las tardes besan el cielo y los grandes hombres de la patria se marchan. Es lo natural, pero ¡cuánto hemos perdido los dominicanos al perder a Freddy!

        Y no hablo de sus amigos personales, Frank y Aidée, Cuquín, Boruga. Hablo de los hombres y mujeres anónimos de esta patria agradecida, para los cuales Freddy fue durante décadas su Presidente honoris causa, a pesar de una que otra malapalabra poco presidencial, pronunciada con indignación ante injusticias o sorderas, (como en Puerto Rico, en la desolación vencida de su patria ciega, un día gritó Andrés Jiménez “¡Coño, despierta boricua! ¡Oye, boricua! ¡Y ven a buscarme a Lares!”

          El sábado  en la tarde, a lo lejos, vi todo el gentío en Bellas Artes. (Perdón Pilar, perdón Gian Carlos) pero no pude llegar al centro, por cobarde o quizás porque en el fondo quería quedarme con el recuerdo multitudinario, con el calor de esta abrazo nacional, con el que este pueblo quiso despedirlo, a él, que por más de 30 años vivió despertándolo, defendiéndolo, haciéndolo feliz con su humor, su vocación de servicio, y unos “jardines colgantes de Babilonia” que deberían vender los domingos en las plazas, partidos, puticlubs, fronteras, palacios, buenos bares y algunos monasterios.

        Ahora que se ha marchado Freddy, quedémonos con su mejor herencia. Sigamos su ejemplo.

        Así, cuando de defender la nacionalidad a cualquier precio se trate, seamos como Freddy; cuando hablemos del trabajo duro para ablandar la vida y sus miserias, seamos como Freddy.   Que el dolor ajeno no nos sea indiferente, como no le era a Freddy, que la comunicación coprológica no nos seduzca con sus altos rating… Basta de llorar, a trabajar, a reír, a avanzar.

        Seamos como Freddy, y quizás algún día seremos patria.

El Nacional

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