La antesala del infierno
Estoy en Puerto Príncipe. La antesala del infierno.
Aquí, todos han perdido algo, algunos lo han perdido todo, incluida la esperanza.
Puerto Príncipe languidece entre muerte y desolación.
Los haitianos no salen del asombro. Algunos caminan lerdos, cansados, llorosos: es el abismo de un dolor sin fondo.
El edificio de la embajada dominicana está en pie, aunque seriamente dañado en sus estructuras. Pero resistió y todo el personal de la sede sobrevivió.
Los militares dominicanos insisten en retirarnos de la entrada del edificio, herido de muerte. De esa advertencia no se han salvado, ni el actor Vin Diesel, cuya Fundación patrocina un programa de becas de formación de técnicos cinematográficos para jóvenes haitianos. Cuatro de ellos -Udin Merevus, Sophonie Zidor, Foreste Christ-Lord y Blandish Jean- aún están desaparecidos.
Las brigadas de la Defensa Civil Dominicana y nuestras Fuerzas Armadas -vestidas de gloria en la paz de la muerte- han realizado una labor excepcional que tendrá que ser reconocida algún día por el resto del mundo. El esfuerzo de nuestros voluntarios, buenos hijos de Dios y la María, ha sido inmenso, descomunal, heroico y hasta hace un par de días solitario.
Pero aquí todo es desolación y desamparo.
Aquí se puede oler la muerte, aunque a varias cuadras del Palacio Nacional destruido, un impresentable señor saque tiempo e inconsciencia para lavar su pequeña yipeta Renault.
Un miembro de las Fuerzas Armadas nos recomendó usar mentol en la nariz para aminorar los efectos del hedor. Ha sido útil, pero no evita que respiremos la muerte. No.
En el panteón familiar de un cementerio en pleno centro de la ciudad, encontramos ocho sacos de osamentas que en la mañana fueron sacadas de sus tumbas para allí enterrar -en pequeña fosa común- a decenas de muertos nuevos Es macabro.
Esto es la antesala del infierno, aquí, por no tener, y por ser cruel, la muerte no tiene ni siquiera el olor de las almendras amargas, ni le recuerda a nadie el destino de los amores contrariados que cuenta García Márquez.
Aquí no hay más amor contrariado que el odio a un dolor, y la pregunta que no cesa: ¿quién trajo tal desgracia a un pueblo desgraciado en sus miserias?
Oh, hermano Haití, hermano: ¿Dónde estaba Oggun cuando te hirieron, dónde estaba Dios que no te vio? Haití, Haití.

