Enero, septiembre y sus tragedias repetidas
Amar es querer dar la vida por besar el aire que respira su silencio.
J. Umbrales
En enero, a la historia nacional no le bastaba con recordarnos la tragedia de Juan Pablo Duarte, que nació un 26 y a los 31 años se inventó una patria, que hoy sólo existe porque Dios tiene sus buenos juegos, como la santa María Magdalena tiene sus milagros.
Fue otro enero, el de 1972, cuando un dictador de buenas formas y malas muertes, lacayo de un imperio, consintió que 4,654.6 hombres armados asesinaran a dos jóvenes revolucionarios atrapados en una cueva. Y desde aquel enero, la tragedia tuvo también otra fecha.
(Doce años de gobiernos del PRD, y diez del PLD, no han sido suficientes para que exista allí un monumento. Ustedes saben, digo, un recuerdo, un humilde museo por la sangre derramada que fue el néctar que alimentó esta democracia nuestra; papelera y jodida, corrupta y desmemoriada, pero mejorable y siempre preferible al horror de las dictaduras de todos los puntos cardinales).
Pero resulta, que cuando nos habíamos acostumbrado ya a estas nostalgias de enero, a recordar a estos muertos que dieron vida a esta libertad y sus poemas; cuando cada 12E recordábamos en programas de TV o en columnas periodísticas a estos mártires, o pensábamos en silencio en doña Manuela Aristy, madre de Amaury, como la mujer que resume en su dolor el de todas las madres de todos los muchachos acribillados en los doce años, (como doña Dedé Mirabal representa en su jardín la dignidad intocable de tantas madres huérfanas de sus hijos muertos en la Era que era sangre); insisto, cuando cada 12E de cada año, citábamos a Gardel por Le Pera Y la viejecita de canas muy blancas, se quedó muy sola… con cinco medallas que por cinco héroes, la premio la patria, y recordábamos avergonzados los años gloriosos de cambiar el mundo desde una inútil poesía coreada que decía una madre: Lloro por mi desgracia lloro por mi destino, porque para darle al pueblo ya no me quedan más hijos .
Cuando nos habíamos acostumbrados a este dolor repartido de traición al padre patria, dolor de olvido a los muchachos y sus palmares, palmeras y martirios, ocurrió entonces la suma de todos los desastres: Dios se fue de vacaciones una tarde y en un humano descuido de santo enamorado, permitió que temblara la tierra en la isla y llegara la muerte a una patria moribunda que, digámoslo, hacía tiempo ya moría, ¡Ay, Haití! 222,573 muertos mal contados son muchos muertos. Padre.
Por enero temo por febrero, por septiembre y sus tragedias. Por Chile y La Moneda, por Bosch en el Palacio…

