La unidad armónica y justa entre capital y mano de obra enciende el motor que genera riqueza, crecimiento, equidad y gobernanza, por lo que se recibe como mala noticia la interrupción del diálogo entre Gobierno, centrales sindicales y gremios empresariales que procura alcanzar un pacto laboral.
El sector sindical, que anunció su retiro de las conversaciones en torno a la modificación del Código Laboral, ha advertido que también se ausentaría de las negociaciones en torno a un posible aumento salarial, señal ominosa de que escasea voluntad de consenso.
Los empleadores proponen una revisión de las figuras del preaviso y la cesantía, bajo el alegato de que además de pasivos laborales deben pagar o aprovisionar para el Fondo de Pensiones a los trabajadores y para la Seguridad Social, pero las centrales sindicales alegan que esas son conquistas de carácter irrenunciable.
En cuanto al salario, la dirigencia sindical propone un incremento de un 30% a nivel general y la fijación de 20 mil pesos al salario mínimo mayor, lo que ha sido rechazado de plano por el sector empresarial, lo que indica qué tan distantes están las posiciones encontradas como del cielo a la tierra.
El disenso parece una enfermedad que ha hecho metástasis en el tuétano de la sociedad dominicana porque Gobierno, clase política, sector empresarial, centrales sindicales ni sociedad civil han podido alcanzar acuerdos para la firma de los pactos fiscal, eléctrico o de seguridad social.
No sería posible consolidar crecimiento económico ni desarrollo social sin la prevalencia de esos pactos, ni mucho menos si patronos y trabajadores halan la cuerda en dirección contraria, porque sería como pretender que el carruaje nacional marche con ruedas cuadradas.
La inversión privada requiere de seguridad jurídica, garantía de competitividad, en tanto que la mano de obra necesita justa remuneración y un marco de seguridad social y laboral adecuado o justo. También debe decirse que sin el concurso del capital no se genera el empleo, pero sin el trabajador el dinero no llega a capital.
El liderazgo empresarial y sindical debería abrevar en la fuente de la sensatez, la prudencia y el buen juicio, en el entendido de que el uno necesita del otro y de que ambos constituyen el sostén de la democracia política, del progreso económico y de la equidad social.

