En un mundo cada vez más polarizado en derechas e izquierdas radicales, especialmente en las naciones desarrolladas, el surgimiento del centrismo radical parece cada vez más inevitable y las señas están empezando a aparecer por todas partes.
En la política del siglo XXI, que apela más a sentimientos que a la razón, los discursos normalmente asociados al centro parecen totalmente fuera tono. Con el mercadeo político enfocado en la inmigración o los derechos de las minorías, el discurso de la institucionalidad o los libres mercados parecen un somnífero para un público ansioso de tremendismos.
Con las democracias occidentales asediadas por los extremos tanto de derechas como de izquierda, el levantamiento del centro radical se presenta no sólo como inevitable sino como necesario. Esta vez, sin embargo, ese centro tendrá que separarse de la aburrida retórica tecnócrata que le ha caracterizado desde finales del Siglo pasado y tendrá que hacerse espacio entre los tremendismos de los extremos asumiendo posiciones y discursos radicales para adornar lo que en esencia es una proposición aburrida aun sea efectiva.
El centro no sólo debe enfocarse en políticas comprobadas y basadas en evidencias, sino en ser directo y cómicamente crítico de los absurdos de los extremos. Ya el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, y el presidente francés, Emmanuel Macron, han apelado a estas técnicas tanto en sus campañas internas como en sus intervenciones en política internacional con alto grado de efectividad.
Para devolvernos a cierto grado de normalidad será indispensable hablar en el lenguaje de la realidad política actual y no sólo apelar a la razón, lo que siempre ha caracterizado a los tecnócratas, sino ir directamente a las emociones. Llamar las mentiras por lo que son, mostrar las estupideces por lo que siempre han sido, y no tener miedo a la franqueza con un lenguaje llano, simple y cruelmente honesto.
La brecha que ha permitido que coexistan eventos como una guerra comercial mundial, un quebramiento del plan europeo, una crisis de refugiados económicos en Suramérica, y el resurgimiento del autoritarismo en lugares por donde ya se daba como impensado debe ser cerrada, y esto requerirá de acciones radicales por un centrismo no acostumbrado a hablar este idioma.
La normalización de los insultos y obscenidades en la política abren el espacio para un discurso sobre sentido común que llegue desde a las más altas élites hasta los más desposeídos, dando quizás la mejor oportunidad al centralismo radical de estandarizar la gobernanza de sentido común por encima de los líderes mesiánicos y las políticas de voodoo que tan fácil han sido explotadas por el populismo que hoy afecta a nuestras democracias.

