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Sin embargo, lo que más mortificó a los que me acusaron de atrevido, apóstata y desleal, fue mi enunciado de que un comunicador que respondía al nombre de Diógenes Céspedes —con sus abordajes teóricos en los años 70’s— había provocado un verdadero revuelo, una especie de ciclón conceptual, haciendo posible que la crítica literaria ejercida en República Dominicana no volviera a ser la misma.
Pero no voy a enjuiciar el estilo, ni mucho menos las sistematizaciones de los géneros y subgéneros literarios criticados por Diógenes Céspedes, ni tampoco conducir este trabajo por los conocidos vericuetos a que nos tienen acostumbrados los aduladores de turno, cuando loan a sus empleadores en los conciliábulos literarios.
Me limitaré a expresar la importancia que, para la comprensión de la literatura producida aquí y para la que importamos, tienen los trabajos que Céspedes ha venido realizando desde hace más de cuarenta años, que han originado rupturas y creado improntas, marcas que como hitos en el camino han servido de guías, no sólo a los que han ejercido la crítica a partir de él, sino a los productores de objetos literarios y artísticos.
Todos los que de alguna forma producen literatura en República Dominicana saben —incluyendo a los que me odiaron entonces y me odian ahora— que antes de Céspedes surgir en el horizonte de la crítica literaria nacional este ejercicio se limitaba a aprobar o desaprobar los textos con, simplemente, un visto bueno o malo.
Es decir, con regaños, elogios, o silencios, siempre cargados de recelos, pero sin auscultar con rigor las valoraciones de la creación y su trascendencia histórica, por lo que la opinión se convertía en palabrería lisonjera y aduladora; en una especie de metacrítica sospechosa, donde prevalecían los cánones que la publicidad de las editoras introducían en las solapas y contraportadas de las ediciones, casi siempre escritas por el mismo autor. A veces, el silencio suspicaz hacia los textos con cierto valor taxativo se producía para ocultar las calidades literarias, convirtiendo el silencio en un vehículo de rechazo.
El revuelo causado por Céspedes en el país tenía un gran parecido al provocado por Hegel cuando retomó las ideas de Leibniz, Hume y Newton, sin renunciar a la teoría kantiana, reafirmando “que si la razón es lo Absoluto, que si todo lo real es racional y todo lo racional es real, entonces el hombre y su mundo han dejado de ser problemáticos” (1807).
Desde luego, la agitación desatada por Céspedes no se explayó más allá de nuestras fronteras, pero permitió que las críticas literarias y periodísticas tuviesen una demarcación específica: un antes y un después de él.
Y es bueno apuntar que antes de él no se tenía una demarcación, un territorio diferenciador entre las crónicas literarias, cinematográficas y artísticas, por lo que los practicantes de estas actividades se convertían en francotiradores que se apoderaban de lo leído u observado y, como ejerciendo un papel de dioses, lo valoraban desde una plataforma, o emocional o ideológica.

