Opinión

El ciclón Céspedes

El ciclón Céspedes

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También es preciso apuntar que el método empleado por Céspedes fue bien simple: comenzó a ejercer una crítica fundamentada en lo objetivo y lo científico, evitando el predominio de los gustos por el pernicioso lastre de sus cargas subjetivas.

Antes de Céspedes, el oxímoron y las paradojas eran las figuras retóricas que llenaban las crónicas de los que señalaban las supuestas virtudes y defectos de los objetos literarios y artísticos, pero nunca explicaron, ni al país ni al mundo, el porqué de aquella literatura, a todas voces excitada, convulsiva y apasionada, que brotaba a partir de una misma evocación: la furia del aprisionamiento y que, luego de una revolución aplastada por el abuso inconmensurable de una ocupación extranjera, se tornó nostálgica y, hasta cierto punto, angustiada e ideológica.

Valoré y aplaudí las críticas de Céspedes en los finales de los años 70’s, porque nos señaló la magnitud del signo, y me pregunté lo que habría sido mi generación literaria, la generación maldita del 60, donde los talentos de Miguel Alfonseca, René del Risco, Juan José Ayuso, Grey Coiscou, Rubén Echavarría, Héctor Dotel, Jeannette Miller, Jacques Viaux, Iván García, Rafael Vásquez, Añez-Bergés y los otros (donde me encontraba yo entre aquella prole de furia), si hubiese contado con una estructura de observación, con una fecunda y rigurosa guía de valoración de los objetos literarios, en un estadio en donde la revolución cubana se movía en el mundo como un código sacrosanto, y la muerte de Trujillo aún servía para los gritos épicos.

Los cronistas de aquella época, como pavos reales, practicaron la irresponsabilidad porque, al desconocer los signos que marcaron a la generación maldita del 60, no podían especificar su producción, limitándose a describir lo anecdótico y se detenían en los análogos.

El asunto, simplemente, consistía en la ausencia de una crítica con cabal conocimiento de la teoría de la literatura. Cuando Diógenes Céspedes inició sus trabajos en el vespertino Última Hora, en 1973, los que escribíamos sobre cine y arte leímos sus trabajos con cierto recelo. Pero unos años más tarde —hacia finales de esa misma década—, lo aplaudí de pie y se lo manifesté dos años más tarde cuando escribí sobre sus Ensayos críticos, en 1982.

Desde luego, el Diógenes Céspedes del 1973 a 1976, que es la fecha de la publicación de sus Ensayos críticos, fue el Diógenes Céspedes producto de Besanzón y Tel quel, de la metafísica del signo, no el que se doctoró en la universidad de París VIII (Vincennes-Saint Denis), con una especialidad en poética, entre 1977 y 1980, y cambió la mochila de las percepciones por la antimetafísica del signo, buscando entre los objetos leídos, escudriñados y auscultados, la importancia del ritmo para redefinir el lenguaje y arribar al conocimiento donde la oposición oralidad-escritura separan y distinguen lo oral de lo hablado y lo escrito. La impronta de Céspedes no sólo se estampó en la estructura crítica nacional, sino que punzó áreas sensibles de nuestra intelligentsia.

El Nacional

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