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Es por ello que no escribo ni para agradar ni para desagradar, sino para vivir y transformar la vida” (Henri Meschonnic:, Manifiesto por un partido del Ritmo, 1999).
Pero, ¿qué ocasionó en Diógenes Céspedes ese cambio trascendental que lo llevó a levantarse —siguiendo al teórico del lenguaje, ensayista y poeta, Henri Meschonnic (1932-2009)— “contra todas las poetizaciones”. Para explicar este fenómeno, el cambio radical en la actividad literaria de Céspedes, es preciso estudiar a fondo a Meschonnic, el profeta del lenguaje, el innovador que trazó nuevas formas de vivir y escuchar la poesía, afirmando “que hay un poema solo si una forma de vida transforma una forma de lenguaje y si recíprocamente una forma de lenguaje transforma una forma de vida”, (1999).
Meschonnic explica que “el modelo del signo lingüístico establece una cadena, un paradigma dualista, el dualismo antropológico del alma y del cuerpo, de la letra y del espíritu, de lo vivo y lo muerto”, y hace énfasis en “que la Poesía es la expresión por el lenguaje humano reducido a su ritmo esencial, del sentido misterioso de los aspectos de la existencia, proveyendo de autenticidad nuestra estancia y constituyendo la única tarea espiritual; el ritmo es la organización-lenguaje de lo continuo de que estamos hechos”.
En su “Manifiesto por un partido del Ritmo” (1999), Meschonnic lanzó un “no a la metáfora tomada por el pensamiento de las cosas, cuando no es más que una manera de girar alrededor, lo bonito, en lugar de ser la única manera de decir”, así como un “no a la separación entre el afecto y el concepto, ese cliché del signo, que no sólo hace el símil-poema, sino el símil-pensamiento”.
El cambio que llevó a Céspedes a dejar atrás el sistema lingüístico del signo, considerándolo —al igual que Meschonnic— “como un modelo y paradigma antropológico, filosófico, teológico, político y social”, produjo una gran conmoción a finales de los 70’s, haciendo posible que numerosos jóvenes marcharan hacia Cuba, Francia y varios países del bloque socialista, con el único fin de ponerse al día y asimilar los nuevos conocimientos para entender los laberintos de la teoría literaria y hacer suyos los enunciados que Céspedes, en sus “Escritos críticos” (1976), había gritado y reiterado a los cuatro vientos, afirmando que su “ejercicio de crítico (había sido) el resultado de una actividad en la cual siempre hubo la intención de aplicar una teoría a una práctica capaz de establecer la autenticidad del texto como un acto de renovación del lenguaje”.
Debo resaltar, entonces, que el país en aquella década adolecía de una Teoría del Estado, algo que hoy, tras el desmoronamiento del viejo caudillismo, tiende a sobrar, debido a la proliferación de politólogos y sociólogos, por lo que sería interesante repasar y ponderar el enunciado de Michel Foucault de que “debemos relacionar la historia y el conocimiento en general con el papel que desempeña el discurso en su propia conformación” (1991).

