Uno de los grandes males de la democracia representativa es que le da los mismos derechos a todos los ciudadanos, por lo menos en teoría, como el de elegir y ser elegido, aunque en la práctica no es verdad.
Todos tenemos derecho a elegir, dice la Constitución, pero ser elegido, es para un grupo muy reducido, pues para ser electo presidente de la República, por ejemplo, hay que tener, mínimo, 30 años, para senador o diputado es obligatorio contar con 25 años, dejando fuera a los que tienen 18 hasta los 24. Esto sin incluir a los guardias y policías, que no importa la edad, tienen prohibido el sufragio, con lo cual se le viola un derecho fundamental.
Significa que todos los ciudadanos no tenemos los mismos derechos para elegir, aunque sí para votar.
Una ley debe regular, quién tiene condiciones para ocupar un cargo de elección popular, que no baste con la edad. Los aspirantes deben tener, además de la militancia que exige la ley, unos requisitos indispensables, no solo que no tengan problemas con la justicia. Los partidos deben tener un reglamento o protocolo que lo establezca. Ojalá sea único para todos.
Como van las cosas pronto tendremos más diputados y senadores vinculados al juego de azar, la venta de combustibles, sobre todo de gas licuado de petróleo (GLP), capos y hasta sicarios, que gente honorable, de vocación de servicio, profesionales como médicos, profesores, ingenieros, militantes y dirigentes políticos educados en las escuelas de formación política y cultural de los propios partidos.
Una persona que apenas sabe leer y escribir, que firma con una X, como los hay, no puede ir a un congreso a decidir cuestiones tan importantes para un país como aprobar o rechazar leyes, conocer y sancionar préstamos, integrar las comisiones de salud, educación, justicia, etc. Para esas tareas hay que tener un cierto entrenamiento, una formación determinada.
Un legislador tiene que ser un estudioso permanente, leer cientos de informes, proyectos de préstamos, y mil cosas más. Al Congreso se va a trabajar y legislar, cosa que pocos hacen. No a regalar habichuelas con dulce, anillos, computadoras y otras vainas.
Contemos los legisladores dueños de bancas de apuestas, de bombas de GLP y otros combustibles, los que poseen el control de los puntos de drogas en los barrios. Si hacemos un balance nos daremos cuentas que son muchos, de todos los partidos. Ahora que se abre la campaña muchos se han llenado de ambiciones, se han dado cuenta que pueden “comprar” una curul en el Congreso buscando inmunidad parlamentaria y, claro, impunidad.
Hay que adecentar la política, presentar candidatos con vocación de servicio social. El congreso hay que dignificarlo con ciudadanos de cierto nivel para que no siga siendo un estercolero, un lodazal de donde solo pudo salir un senador, no sabemos si a defecar o a qué.

