Editorial

El derecho de Zelaya

El derecho de Zelaya

El depuesto presidente de Honduras, Manuel Zelaya, ha dado plazo hasta hoy para que   se arribe a un acuerdo que lo restituya en el cargo, o de lo contrario regresaría por su  cuenta a Tegucigalpa.

La advertencia del presidente Zelaya cambia de manera radical el panorama en torno a la crisis causada por el golpe de Estado en su contra, pues plantea  que su  retorno a Honduras se produciría en las peores circunstancias, y eso no es lo deseable.

Tal parece que  el derrocado mandatario, quien fue sacado de su casa en ropa de dormir, introducido en un avión y abandonado en el aeropuerto de Costa Rica, se considera burlado por  el Departamento de Estado que patrocina un diálogo en Costa Rica que no ha tenido ningún resultado.

Un primer intento del presidente Zelaya  por regresar a Honduras fue  frustado por  el gobierno golpista,  que ordenó colocar camiones militares en medio de la pista del aeropuerto  de la capital hondureña.

La labor de mediación  que realiza el presidente de Costa Rica, Oscar Arias, ha  devenido en fracaso,  toda vez que el presidente de facto, Roberto Micheletti, ha rechazado cualquier posibilidad de  vuelta al orden constitucional. Es obvio que si el presidente Zelaya cumple su advertencia  de que regresará a Honduras a cualquier costo,  el riesgo de violencia mayor en esa nación  centroamericana sería  muy elevado.

Se ha dicho que Estados Unidos se opone al retorno  del derrocado mandatario, pero en  el traspatio latinoamericano se sabe que si ese golpe de Estado se consolida, ninguna de las democracias del Continente estaría segura. Lo deseable sería que el presidente Arias anuncie en San José un acuerdo que  permita la reposición de Zelaya en el Palacio Presidencial de Honduras.

Porque, sin duda,  la otra salida augura violencia y represión, dos fenómenos  que nadie desea para los hondureños.

Al presidente Zelaya le asisten derecho y razón de retornar a su país, porque de lo que se trata es de  restaurar  la democracia mancillada por  un resurgente gorilismo.

El Nacional

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