Opinión

El drama de los partidos

El drama de los partidos

  Las organizaciones partidarias fueron creadas a imagen y semejanza de los caudillos que eclipsaron la nación por espacio de tres décadas. En la actualidad, los cambios y surgimiento de nuevos liderazgos dentro de los partidos expresan debilidades esenciales debido a un ejercicio de comparación respecto de referentes que cubrieron un tiempo y espacio irrepetibles.

  No resulta inteligente pretender que los partidos políticos reproduzcan liderazgos de épocas pasadas. A pesar del retardo y desfase que se pone de manifiesto en la línea de mando de las organizaciones, resulta lógico entender el desplazamiento de figuras que se encuentran descontextualizadas de una realidad social totalmente diferente a la coyuntura que sirvió de trampolín para dimensionar a ciudadanos y colocarlos en la ruta de carreras exitosas.

  El drama que erosiona una parte importante del liderazgo actual consiste en intentar períodos de durabilidad en la escena pública que no se corresponde con las herramientas indispensables en las presentes circunstancias. Balaguer, Bosch y Peña Gómez se extendieron en el control de sus partidos y postergaron el desarrollo de nuevos liderazgos porque en el marco del proceso de desarrollo eran insuperables.

Buenos oradores, cultos y con enorme capacidad para organizar sus tropas, no patrocinaron herederos de manera formal. Tenemos que recordar que las circunstancias del año 1996 crearon una ambientación favorable a Leonel Fernández y la elección de Hipólito Mejía como segundo a bordo en 1990 generó la sensación de que era el privilegiado del líder del PRD. Ambos ocuparon la presidencia del país, pero Mejía y Fernández  reproducen  hábitos de sus líderes que no entrenan, cultivan y perfilan potenciales sustitutos.

Entendible en los viejos caudillos y una franja podrá esgrimir que los liderazgos no tienen la obligación de establecer líneas de sucesión. Ahora bien, las tareas públicas requieren niveles de entrenamiento y destrezas porque una parte de los errores que se cometen en la gestión pública obedecen a la falta de procedimientos y prácticas capaces de habilitar a los potenciales aspirantes.

La oposición no adiestra para las tareas públicas con la eficiencia que desarrolla el ejercicio de una responsabilidad gubernamental. Por eso, la profesionalización de los activistas políticos garantiza una mayor calidad en la gente que puede acceder a responsabilidades estatales.

Y es que, en el fondo, los niveles de resistencia que experimentan segmentos de los partidos respecto de los cambios y renovación consiste en que un nuevo ordenamiento dejaría sin espacios a distinguidos hombres y mujeres que adquirieron categoría política a la sombra de la maniobra truculenta y la conspiración artera. 

Ahora que en el panorama de los partidos mayoritarios del país se avecinan procesos internos, la lógica del sector conservador tratará por todos los medios de impulsar pactos y entendimientos entre la cúpula para acreditarse espacios de dirección que no podrá conquistar con el voto de las bases. Lo inteligente en una organización auténticamente plural reside en permitir que las simpatías se expresen de manera abierta y sin limitaciones. Un partido no puede garantizar la democratización de la sociedad cuando no es capaz de reproducirlo a lo interno de la organización.

Los partidos deben apostar a traducir en la mecánica interna de sus organizaciones los grandes anhelos de núcleos ciudadanos interesados en seguir ampliando el marco de pluralidad que requiere la sociedad. No es posible que las trampas e impedimentos se mantengan imposibilitando que una nueva visión se instaure en los niveles de dirección para estimular las prácticas del pasado que nos dieron resultados y sepultar de una vez y para siempre tanta vulgaridad revestida de norma partidaria.

 ggomezmazara@hotmail.com

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