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El espíritu olímpico de  Santo Domingo

El espíritu olímpico de  Santo Domingo

He estado disfrutando los Juegos Olímpicos Londres 2012 más de lo que esperaba.

Antes del inicio de los Juegos temía, al igual que mucha gente más, que la comercialización de los deportes se había salido de las manos, que el tránsito iba a ser una pesadilla, que cualquiera sin una tarjeta Visa se iba a ver efectivamente impedido de gastar su dinero o que las cortes olímpicas iban a llenar nuestras cárceles con personas que habían salido a la calle con el tipo incorrecto de pantalones cortos.

Sin embargo, después de la ceremonia de apertura mágica-moderna que puso en escena Danny Boyle, mis dudas se fueron disipando.

Cuando vemos las cosas a un nivel básico, los Juegos Olímpicos, muy a pesar de los mejores esfuerzos de los mercadólogos, siguen siendo un evento esencialmente deportivo.

Los deportes, como todos sabemos, son una competencia. Crean un espacio en el que las reglas están claramente definidas y en donde se invita a la gente a probar su valor en términos equitativos.

Para ganarle a tu oponente debes ser más rápido, más fuerte y más habilidoso (sí, las naciones desarrolladas tienen una clara ventaja en deportes técnicos que involucran el uso de bicicletas, botes y caballos, pero el estadio atlético es una de las pocas arenas del mundo donde gente de todos los continentes puede medirse en condiciones iguales). Competencia en este sentido no es solo acerca de ganar.

La carrera de 100 metros de hombres, uno de los eventos que más atletas atrae en los Juegos Olímpicos, contó en esta ocasión con no menos de 4 atletas que tenían la oportunidad de ganar una medalla de oro.

Bajo la mentalidad de “ganar es todo”, cada vez de mayor alcance, quizás los otros atletas no debieron molestarse en participar en la carrera.

Sin embargo, participaron. La final fue memorable no solo por la heroica actuación de UsainBolt, sino porque tuvo que superar a otros siete atletas que a su vez superaron a miles de atletas aspirantes en cada país del mundo, cada uno de ellos empujándose al límite.

Los Olímpicos son un mundo de historias. Para un escritor al que le gustan los deportes es el equivalente a pasarse dos semanas en Dysnelandia.

En los primeros días disfruté de la variedad de eventos y de la oportunidad de ver eventos que raras veces gozan de protagonismo.

El lado negativo del éxito de los equipos británicos fue que la cobertura por TV se redujo a un desfile sinfín de talentos desarrollados localmente. No es que lo encuentre ofensivo, sino inadecuado.

Aunque disfruté de las hazañas de Jessica Ennis, Bradley Wiggins, Sir Chris Hoy y el resto, siento que falta algo, algo esencial a la complejido del deporte.

Otros competidores se han convertido en algo incidental, de tal forma que por momentos daba la impresión de que nadie más había participado en la carrera.

Cuando el equipo de remeros ingleses perdió la batalla frente al equipo danés no hubo reconocimiento de los logros del otro equipo, tan solo una disculpa dirigida a a los televidentes que no pudieron ver a los ingleses ganar oro.

Cada vez más empecé a buscar otras fuentes de narrativa fuera de la BBC. Estuvo la increíble semifinal de fútbol femenino en la que Canadá estuvo en la delantera tres veces para luego tener una penalidad al final y observar a Estados Unidos alzarse con la victoria en los últimos segundos del tiempo extra.

El poder tipo turbina del nadador de estilo libre holandés RanomiKromowidjojo, que hace dos años estuvo combatiendo meningitis en un hospital.

La asombrosa carrera del keniano David Rudisha, que rompió el récord en los 800 metros con la gracia de una manada de gansos en vuelo. Y el giro en la final de los 400 metros con vallas cuando el ex campeón Félix Sánchez volvió a brillar luego de haber estado en declive permanente. 

Sánchez tuvo sobre mí una mayor influencia a nivel de los Olímpicos a la que jamás hubiera imaginado.

Sabía que había sido imbatible por algunos años, que ganó la corona olímpica en 2004, antes de que de lesiones y baja forma le bajaran el desempeño.

Se asumía que jamás volvería a experimentar esos niveles en su carrera y que simplemente estaba en baja.

Sin embargo, al igual que cualquier otro competidor olímpico, estaba siendo impulsado por su deseo de hacer las cosas mejor, y quizás aún más por la memoria de que en algún momento fue el mejor.

En la noche del lunes vindicó todos esos esfuerzos, parando el cronómetro en el mismo punto en que lo hizo ocho años atrás. Atletas de pista corren en círculos, pero volver ocho años después al mismo punto debe ser una especie de récord.

En términos generales no le doy mucha importancia a himnos nacionales. La peor parte del éxito británico en estos Olímpicos ha sido la incesante interpretación de God Save The Queen, un canto fúnebre cuya letras equiparan felicidad con conquista imperal.

Se ha estado debatiendo en Reino Unido respecto a si los atleta deben cantar el himno cuando van a recoger sus medallas, como si esto fuera una forma de medir sus logros.

Cuando Félix Sánchez se paró en la parte superior del podio de ganadores y reflexionó acerca de los ocho años anteriores, marcados por dolor y frustración, él tampoco estaba cantando.

En vez de eso, lloró, lágrimas de felicidad mezcladas con alivio, al mismo tiempo que sonaba a través del estadio el himno de su país.

La melodía en sí fue una grata sorpresa, como una flor en medio del desierto, fuerte y delicada a la vez, una cosa de rara e inesperada belleza. Espontáneamente, envié un tweet donde manifestaba mi parecer al respecto:

En ese momento pensaba que las ceremonias de entrega de medallas no pasaban de ser una cortesía para los ganadores, un epílogo, una oportunidad de brillar luego del esfuerzo.

Sin embargo, en los días subsiguientes, me di cuenta que no podía estar más equivocado.

Las palabras que había escrito y enviado por Twitter coincidieron con una sensación de orgullo que resonaba a través de una nación que raras veces ha tenido éxito en la arena olímpica y que estaba decidida a saborearlo.

Unos pocos mensajes se convirtieron en una avalancha; en tres días había ganado 600 seguidores de una nación caribeña de 10 millones de habitantes. Se me ocurrió, y no por primera vez, que había descartado la resistencia del espíritu olímpico.

Sucede fácilmente. Se nos fomenta la idea de que lo único que vale en deportes es ganar: que el segundo lugar no vale, que los verdaderos deportistas están poseídos por un deseo casi sádico de dominar y humillar a sus rivales.

En su mayor parte, es un mito venenoso. Una de mis historias favoritas relativas a los Olímpicos es la de Jesse Owens en 1936.

No aquella historia acerca de cómo molestó a Hitler, aún a pesar de su significado, sino aquella que cuenta como el saltador alemán Lutz Long vio al estadounidense pasando trabajo en las rondas clasificatorias y le ofreció ayuda. Owens calificó con su salto final y ganó oro.

Bajo la mentalidad de ganar a toda costa, las acciones de Long fueron imperdonables, más o menos un acto de sabotaje. Pero el alemán simplemente se estaba adhiriendo al código básico del deportista.

Quería ganar apropiadamente probando sus destrezas con el competidor más fuerte. Su victoria sin la presencia de Owens se hubiese visto disminuida. En vez de eso, ganó (o se conformó, como decimos ahora) una honorable plata.

Sport verbroedert, como dicen los holandeses: el deporte fomenta la hermandad. La verdadera deportividad implica respeto al oponente.

Es revelador para mi que el tenis, uno de los deportes más individuales, genera algunas de las amistades más cercanas entre sus jugadores. Cuando NovakDjokovic visitó Escocia recientemente tomó la ruta A9 hasta dunblane, el lugar de nacimiento de Andy Murray. A seguidas le mandó una foto a Murray, su rival, para probarle que había estado allá.

Es alentador saber que mientras en la cancha Djokovic y Murray hace su mejor esfuerzo para ganar más puntos y ganar hay fuera de la cancha un genuino aprecio mutuo de sus estilos. Es que tu rival es tan bueno que quieres ganarle.

Deporte no es solo una guerra sin armas, es la civilización del instinto guerrero. Une a gente a través de las fronteras y conflictos y les permite competir bajo un juego de reglas, bajo la base del respeto mutuo.

Para ganar debes conocer a tu oponente initimamemte, y una vez has aprendido a apreciar las cualidades de tu oponente es mucho más difícil deshumanizarlo.

Descubrí en los días siguientes que Quisqueyanos Valientes, el himno nacional de la República Dominicana, es algo más que una agradable melodía. Las letras, del abogado, maestro y poeta Emilio Prud’Homme, comunican el dolor y el orgullo de un país cuya historia cuenta la larga y ardua batalla para lograr su libertad de la esclavitud.

 Una historia de alzarse, de la misma forma en que Félix logró alzarse hasta el tope de su carrera tras años de lucha.

Fue sumamente apropiado, en ese mismo sentido, que el triunfo de UsainBolt coincidiera con el 50 aniversario de la independencia de Jamaica.

Nadie desea regresar a los días de mandato colonial, cuando las naciones agresoras juraban que era un mandato de Dios humillar al resto de la humanidad.

El espíritu olímpico es la antítesis de eso. Su conexto apropiado es la lucha limpia en la que el ganador es el primero entre sus iguales. La gloria de la victoria vienen del drama de la competencia, de superar a oponentes, del respeto y la hermandad que la verdadera competición engendran.

Cuando empezaron los juegos temía que los valores olímpicos se habían corroído: que la explotación comercial y el enfoque solo en resultados habían eliminado todo trazo de nobleza en los deportes.

Pero, habiendo participado de manera accidental en el sentimiento nacional generado en la República Dominicana por la victoria de Félix Sánchez, descubrí que el espíritu olímpico aún existe donde importa: en los corazones de aquellos que participan, sea como atletas o espectadores.

Una medalla de oro, una carrera, hizo regocijar a 10 millones de personas del otro lado del mundo. Y cuando esa joya de himno nacional, raras veces escuchada, llenó el estadio, todo un país pudo compartir el triunfo de Sánchez y el mundo entero pudo tomar parte en la historia del país.

Este fue el momento de mayor inspiración de los Olímpicos para mi, porque tuve la suerte de formar parte de el. Un momento en el que miles de dominicanos me ayudaron a descubrir el verdadero significado de ese lema holandés,sport verbroedert.

El Nacional

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