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El hechizo de los Medios

El hechizo de los Medios

En referencia al constante reclamo de la publicidad y la manipulación de los medios masivos, decía Herbert Marcuse que estos provocaban una “mimesis”, una identificación del individuo con el sistema, mediante reacciones mecánicas, automáticas, tal como “debe haber sido característico en las formas de asociación primitivas”.

Esta imagen de la tribu primitiva reaparece en la autopía  tecnocrática de Marshall McLuhan, otro de los nuevos “profetas” del capitalismo, quien ve a la humanidad como una inmensa y feliz tribu primitiva que, a pesar de cubrir el planeta, puede obtener comunicaciones inmediatas gracias a los modernos medios de comunicación de masas.

Mientras Buckminster Fuller erigía el diseño como razón última tecnocrática destinada a crear un “nuevo ambiente humano”, McLuhan escoge para el mismo papel a los medios masivos y se sitúa entre los que rehacen la historia como “historia de los medios de comunicación“, primero vino la “revolución de la escritura, luego Gutemberg y la imprenta, y hoy estamos en la era de la comunicación electrónica, que unificará al mundo en una cultura común, creando un nuevo universo electrónico de paz y bienestar. McLuhan pasa por ser muy original, porque saquea diversas fuentes sin citarlas escamoteándola bajo un lenguaje basado en slogans.

Como cuando afirma que toda técnica es la extensión de una función biológica (la herramienta estimula la mano, la rueda al pie, la escritura a la visión). Pero esto fue enunciado hace cien años por Carlos Marx.

La fórmula clave, mágica, de McLuhan, es: “el medio es el mensaje”, con lo cual repite la consigna de negar el pensamiento y endiosar la técnica.

Ya no interesa lo que diga la prensa o el contenido de los mensajes radiales, sino la sola existencia de estos medios. Así, la radio o la televisión se convierten en fetiches. Es la mitificación de los medios masivos.

También es frecuente en el nuevo profeta la palabra ambiente, tan cara a los urbanócratas. “Cada tecnología crea un nuevo ambiente humano”, dice McLuhan, y el ambiente creado por la electrónica es el de los medios masivos, donde los propios medios constituyen el mensaje.

La  televisión por ejemplo, ha superado el horizonte de la educación tradicional, lo cual hace que el estudiante prefiera “ese mundo místico de datos procesados electrónicamente” a la tradicional y aburrida enseñanza escolar.

Nuestro profeta sugiere como “estrategia” la elevación del nivel de enseñanza de la televisión. Pero, ¿para qué, nos preguntemos, si la televisión en sí misma es el mensaje?

Como todo parece indicar, la utopía de McLuhan se resuelve en un público mundial narcotizado ante las imágenes de ese místico universo electrónico, en comunicación inmediata con todo el planeta gracias a los satélites. Un nuevo y más efectivo opio del pueblo distribuido, ahora sí a escala ecuménica y manipulado.

La utopía tecnocrática de los medios masivos es la última novela de la fantasía seudocientífica destinada al consumo de todos los medios cultos o semicultos ansiosos de novedades.

Un grado más bajo, y tenemos a los propios medios en acción: la ciencia ficción y los comics, dos fuentes insustituibles de evasión y conformismo, otras emanaciones de ese “mundo místico” de que habla  McLuhan.

Porque la aparente racionalidad tecnológica de la “sociedad industrial avanza”, el empirismo de sus ciencias y el pragmatismo de sus acciones, son sólo la máscara que cubre la irracionalidad de  todo sistema depredatorio.

En el universo ideológico, desde la jerga publicitaria hasta el arte más culto.

El Nacional

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