Ya estamos en Navidad. El momento más adecuado para ponernos, muy seriamente, a reflexionar acerca de los caminos tormentosos y de alto riesgo que está tomando la humanidad. Los grandes científicos y pensadores, coinciden en señalar que el universo está mostrando alteraciones como nunca antes.
Esta situación debería preocuparnos sobremanera, ya que todos estamos sintiendo inesperados sacudiones globales. Y con razón, puesto que se afirma que el hombre es el responsable de todo cuanto acontece.
No pocos aseguran que el hombre acabará destruyéndose a sí mismo. Primero comenzó cazando para su sustento. Comprendió la importancia de la socialización, aprendió a negociar y no ha parado de hacer negocios buenos o malos, de ambicionar el poder supremo en países, naciones y continentes.
Sus ambiciones, a ratos, parecen no tener límites. Se llevarán consigo sociedades pobres, en vías de desarrollo, y, como si fuera poco, también a las llamadas sociedades del primer mundo.
Lo que al principio era su paraíso terrenal, con el correr de los siglos se ha convertido en pesadilla, donde se alcanza a ver una gigantesca caldera a punto de provocar una explosión de carácter universal, cuyas consecuencias, con toda seguridad, nos acercaría al infierno de Dante o, en su defecto, a los quintos infiernos.
Definitivamente, la avaricia del hombre parece acompañarlo siempre. Ella lo ha convertido en un arma destructiva de alcance inimaginable.
Unos abogamos por un mundo equitativo, con menos desigualdades sociales, más humano; y otros, tan sólo se esfuerzan por conseguir más y más riquezas sin importarles a quienes se lleven por delante.
Nosotros, los vivientes, moradores de este hermoso pedazo de isla, deberíamos colaborar más en el cuidado del planeta y, en particular, con el de esta isla nuestra, pequeña, rodeada de agua salada, y bendecida por Dios.

