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Cuando miro hacia atrás desde este presente y mi mente recorre un espacio de más de cincuenta años, las lágrimas, por más que trato de impedir su presencia, siempre brotan, llegando a ese punto donde el llanto se hace visible y abrasa la memoria.
Es en esa vuelta a los recuerdos —la cual practico a menudo como un ejercicio de contacto con un pasado que, simplemente, no puedo sepultar en el olvido—, donde surge, casi siempre, la figura quijotesca de Silvano Lora, alertándome con sus ojos y su voz sobre estos fenómenos que debemos vivir a diario y que, peligrosamente, trastruecan y rompen las estructuras vitales de nuestra débil y vacilante cultura. Y fue, precisamente, en una de esas nostalgias que recordé los collages y los ensamblajes que Silvano construía para su serie “Homenaje a la inocencia” y donde me manifestó —mientras soldaba una cuchara y un plato metálico sobre una plancha de acero pintada de rojo— “que el hambre de los pueblos, como una peligrosa daga, ocupa un vacío en el espacio”.
Durante su ejercicio como pintor y revolucionario, Silvano echó a un lado aquel enunciado de Platón —recogido por Jacques Derrida en “La verdad en pintura”—acerca de que “las desavenencias entre filosofía y poesía vienen de antiguo”— (DERRIDA: “La verdad en pintura”, 2001).
Lora siempre mantuvo, aún insertando ciertas deformaciones de la realidad en sus obras, la prelacía de los correlatos dentro de su discurso estético.
Y esa fue la razón de que, en sus collages, ensamblajes y performances, el pueblo, ese pueblo al que él dirigía su producción, percibía escalón por escalón el verdadero sentido de sus denuncias. Porque es preciso, para explicar la obra de Silvano Lora, volver a la manoseada, ridícula y excluyente expresión (convertida en concepto por muchos historiadores) de que “hay un arte compromisario y otro para el simple goce” y de que más allá de esa escuela sospechosa que manipula a través de una hermenéutica torcida el verdadero sentido de la estética, el arte no es careta o encubrimiento, sino significado.
Para Silvano Lora, los collages y ensamblajes —como una obsesión, como una disrupción, como esa interrupción por lo regular brusca, entre el camino tomado por el país para arribar a una definición entre discurso estético y realidad nacional—, ocupaban un principio de totalidad cuyo alcance (él lo comprendía plenamente) podía abrir profundos surcos y lecturas dentro del tejido social, porque a la larga, en la comprensión popular y más allá de la simple lucha social, los discursos lúdicos son los que alcanzan una mayor penetración.
Bastaría tan sólo con emprender una pequeña encuesta en algunos de los barrios más necesitados de las ciudades del país para comprobar que la música, los deportes y el dominó cubren la escena del ocio y remachan alrededor de la mitad de las actividades lúdicas. Y es por esto que en los momentos de nostalgias y tristezas, recuerdo la figura quijotesca del inmenso Silvano Lora.

