Hipólito Mejía, irrepetible, pelea su espacio político. Lo hace con desparpajo, como sólo él sabe hacerlo. Apuesta a la secretaría de organización, tratando de sacrificar a Fausto Liz en beneficio de su protegido César Sánchez, tarea inmediata apenas, no objetivo final. Lanza el Proyecto República Dominicana (PRD), en conflicto con las siglas de su partido y una mística con más de 60 años llamada perredé, que es como decir Peña Gómez. Busca, así, deshacerse de la desacreditada marca PPH. Mácula orquestada eficientemente por la maquinaria propagandística de Leonel Fernández.
Nadie más enterado de su diezmada simpatía que el propio ex Presiente Mejía. Aficionado y creyente fervoroso de los estudios de opinión. Debe estar bien enterado del bajo nivel de popularidad que lo mantiene fuera de competencia. Y que, del mismo modo, Miguel Vargas cuenta con el respaldo de más del 90% de los perredeístas. También sabe, como el que más, que el liderazgo de Miguel, moderado, incluyente y conciliador, atrae fuerzas externas. Miles de dirigentes y militantes reformistas han creído en su propuesta. En los próximos días otros tantos harán lo mismo.
Mantenerse vigente para colocarse a la zaga de Miguel y preservar su espacio está dentro de lo posible. Hipótesis no faltan. Más aún a hora de analizar a un personaje tan impredecible como Hipólito. Juega al retorno en 2016, compartiendo sueños y escenario con el presidente Fernández. La Constitución en proceso les da a ambos esa oportunidad. Desaprovecharla los descalificaría como políticos activos. Así las cosas, Hipólito intenta trastornar el actual proceso del PRD para llamar la atención, aunque para eso tenga que echarle un jabón al sancocho. Que para eso talento le sobra. Mientras tanto, se produce el consenso en el PRD. La Comisión Política ratifica la elección de Miguel Vargas como presidente, los demás precandidatos le endosan su respaldo, despejando el camino al a nuevo y pujante liderazgo, representado en una candidatura a todas luces triunfante. Que para ganar y gobernar bien existen los partidos políticos.

