El milagro de la vida es un hecho que no sabemos reconocer, pero que se pudo sentir el pasado fin de semana en la sala grande de Bellas Artes, en cada movimiento de los niños especiales que protagonizaron Gliburbit: una aventura de otro mundo.
Vivimos día a día llenos de quejas y disgustos, queremos tantas, pero tantas cosas que como no nos llegan rápido, nos hacen sentir los peores y más desgraciados del mundo.
Sin embargo, pequeños y jóvenes con necesidades especiales sí saben sonreir al mundo y demostrar que ellos también pueden.
Un niñito que apenas podía moverse hizo de rey sentadito en su silla, coronado y cubierto, pero feliz de ser estrella y brillar.
Mientras un pequeño de unos 6 años, con sus lentecitos bien puestos, lograba la sonrisa de todos en el montaje en el que se mezclaron de manera inteligente, las habilidades en las que más se destacaba cada participante con síndrome de Down, autismo o parálisis cerebral.
Una de las chicas, que demostró ser admiradora de la zumba, es sin duda una estrellas que se forma poco a poco. Maneja con inteligencia su actuación, baila a la perfección, coquetea con el escenario y se hace importante en escena.
Otra talvez no tenia las mayores posibilidades, pero subió a escena y pudo desempeñar su papel, superando a muchos de nosotros que nunca nos atreveriamos a hacerlo por tener discapacidad para enfrentar un público abundante.
Varias de las jóvenes especiales participantes, ya deberian ser tomadas en cuenta para integrarse a montajes musicales de los que se presentan aquí, sus movimientos acompasados en los bailes, gracia en escena y acertada manera de transmitir los diálogos, las hacen merecedoras de ese reconocimiento.
La historia transcurrió entre diversiones, risas, valoración y lágrimas, no porque la historia fuera triste, sino porque antes talvez creiamos, como dicen muchos, que solo podían aprender cosas sencillas, y luego de esta experiencia, sabemos que definitivamente no es asi.
Hicieron de todo lo que pautaba su guión, bien hecho. Actuaron con fuerza, jugaron con los sentimientos del público, bailaron, brincaron, dominaron el escenario y al final, todos juntos cantaron, en una despedida que quedó en el corazón. ¡Qué vivan!
