¿Qué Pasa?

El lado bueno

El lado bueno

Enseñanzas de calle-

Yolanda se disponía a cruzar una de las calles del ensanche La Fe, cuando una voz bien fina la detuvo.

Paró de golpe, miró a los lados en busca del sonido que había escuchado, y fue cuando vio la carita hermosa y limpia de un niño, pegada a uno de los cristales de su vehículo.

Inmediatamente lo vio, recordó que minutos antes sintió preocupación, al ver cómo cruzaba solo varias calles, con su uniforme, camino a la escuela y con apenas unos 5 0 6 años.
Pensó, en ese momento, que no había derecho a que sus padres lo enviaran solo cogiendo riesgos en las calles, cuando su obligación era darle seguridad.

El pequeño cruzaba las calles como quien las cree suyas, mirando solo a uno de los lados y seguro de que en la vía contraria no venia nadie que lo afectara.

Su cara inocente se veía alegre, desenfadado, como aquellos chiquitos que no tienen ningún problema que los afecte.

Y ese era el niño, que ahora, pegaba su cara al cristal derecho del carro de mi amiga Yolanda, y al que ella le preguntaba qué deseaba.
““Usted tiene 10 pesos para que me los de?” dijo el pequeño, sin despegar la cara del cristal.

Yolanda se dejó inundar por mil pensamientos. Ese niño no era un desfamiliado, ni un delincuente, estaba limpio, con su mochila lista y abultada de cuadernos y libros.

Lo extraño e injusto es que andaba solo por las calles, como si nadie se preocupara en cuidarlo, y talvez eso hizo que aprendiera lo que no debía.

Este pequeño no estaba sucio, ni roto, tenia limpio su uniforme y listas sus habilidades para conseguir dinero en las calles.
Aprendió, de seguro, en el tiempo en que sus padres lo han dejado libre en las calles, a una edad en que debe estar cuidado, y en lo adelante, puede seguir este camino si no lo detienen.

Un amigo cercano me dijo un día, que en los hogares tenemos fábricas, de gente que puede ser buena o mala, según los “fabriquemos”.

Y la fábrica de los padres de ese chiquito, es de las malas.
Yolanda no le dio el dinero, pensó que alimentarle esa manera fácil de conseguir las cosas, era como decirle que continuara.

Lo miró con ternura, le dijo que no, y dolida, le hizo un gesto de adiós. El no se detuvo, caminó sus aceras mirando a ver quien más se detenía, para conseguir sus diez pesos.

El Nacional

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