De amores perdidos –
Siempre son buenas las historias de romances frustrados, esos que siempre se desearon, pero nunca se dieron. Los que se quedaron en el corazón…y el tiempo hizo desaparecer.
Pero quizás una de las mejores historias, es la de Norka y William. Ellos se criaron una al lado del otro, en el mismo sector. Estudiaron juntos, eran super inteligentes y para completar la perfección, sus familias eran tan unidas, que hacían juntas las cenas de navidad y los cumpleaños sin que nadie lo dijera, el romance entre ellos era esperado, y así fue.
Nadie los influyó, pero se amaron mucho, desde la adolescencia. Luego de hacer sus tareas, ya desde los 13 años, William cada noche iba a la casa de Norka y conversaban hasta que sus padres voceaban que ya era hora de acostarse. El le llevaba regalos sencillos, que ella recibía ilusionada. Unos años después, ella se fue de viaje por un año, y al regreso, el amor era el mismo, se vieron y ya con algunos 18 años, entendieron que se querían.
Pero el cambió de residencia junto a su familia, ella quedó en el sector junto a otros chicos y años después, viéndolo cada vez menos, se enamoró de nuevo y se casó. El hizo lo mismo unos meses después y tuvo dos hijos. Quince años después, Norka me cuenta esta historia y me dice que una semana antes, había estado en una cena con William, y aquí quizás debió comenzar la historia. Ambos estaban divorciados y quién sabe lo que podía surgir.
El la llamó y la citó para tener un encuentro de amigos. Ella llegó a aquel restaurante y vio a todos lados en busca del hombre alto, bien cuidado e inteligente, que se había perdido con el tiempo.
Y su mirada se detuvo de repente, cuando al final del lugar, alguien se paró y le hizo señas. ¿Era él, o no era él? Si era.
Quien la llamaba era un hombre maltratado por los años, con pocas canas, pero una cabeza calva en el centro, medio jorobado, con ojos tristes, aspecto descuidado y cara de derrota. Le sonrió y le faltaban dientes y aún así, no dejaba de sonreír, como quien no se avergüenza. Ella estaba casi deprimida, mientras él lucía ilusionado de volver a verla.
La despedida fue memorable: el insistía en frecuentarla para revivir aquellos tiempos. Ella pasó la noche buscando la manera de no volver a verlo, para dejar en su memoria la imagen de aquel chico hermoso y triunfante. Y así se fueron…

