¿Qué Pasa?

El lado bueno

El lado bueno

Un viejo y su historia
Nicolás volvió a ser niño cuando cumplió sus 80 años. Sus hijos decían en principio orgullosos, que su padre, a pesar de la edad, estaba pendiente de todas sus cosas, recordaba todos los acontecimientos familiares y estaba en cada uno de ellos.
Pero a medida que fue pasando el tiempo, el orgullo se volvió queja, porque su padre, comenzó a verlos pequeños de nuevo y quería controlar todos sus movimientos.

Se molestaba cuando sabía que habían salido y llegaban tarde, los llamaba a toda hora para saber dónde estaban y les pedía que le dieran más tiempo porque nunca los veía.

Cuando conversaban con él, insistía en decirles paso por paso qué debían hacer ante cada situación, como responder en cada caso, cuál era la ropa adecuada que debían ponerse y a las mujeres les decía que se maquillaran un poco más.

El viejo Nicolás, un día amanecía desanimado, pero otros muchos, quería salir al cine, a cenar fuera, al teatro o simplemente a caminar. Cuando sus hijos los fines de semana llegaban cansados a la casa y querían quedarse en cama mirando televisión, él se molestaba porque pasaba la semana encerrado y quería que lo llevaran de paseo.

Muchos de sus hábitos habían cambiado con los años. Ahora iba al baño con mucha frecuencia y allí duraba mucho tiempo, en el cual siempre alguien lo esperaba fuera apurado y se le veía salir intentando caminar más rápido. Dejó de comer muchas cosas porque ya no le gustaban, le picaba el jabón con el que todos se bañaban y quería tomar café dos y tres veces al día.

Siempre fue amante de comer sano, pero inició con el hábito de tomar maltas de cualquier marca, que para él, sustituían perfectamente sus cenas. Un día amanecía un poco cojo, porque le dolía una pierna, pero al siguiente caminaba derecho y se lamentaba de tener “un duro” en la espalda.

Este “nuevo” Nicolás, con muchos más años, ya no era una diversión para sus hijos y nietos, que poco a poco lo consideraron un “problema”. Ya nadie en la casa tenía el tiempo para atender a quien durante todos sus años los había atendido a ellos.

Su vida transcurrió como quien es perseguido y van acorralando poco a poco, hasta llevarlo a un rincón, en el que finalmente se queda incómodo, solo y con poca respiración. Y allí quedó a sus 90, muy callado y seguro de que hablar, no era la mejor opción porque ya nadie lo escuchaba. Así murió, en paz, seguro de que era su mejor momento.