Juana entró y se sentó la noche en que nos invitaron al coctel de aniversario. Besos y abrazos en principio impidieron que viéramos lo que estaba en sus espaldas, pero pocos minutos bastaron para que se paralizara el aire, se abrieran los ojos y muchos exagerados se apartaran y hasta apretaran su cartera. Juana no llegó sola, a sus espaldas, a cierta distancia estaba él. El chico a quien habriamos de ver de cerca y escuchar, para confirmar aquello de que caras vemos, pero corazones no sabemos.
Un sueter sin mangas, pantalones cortos, aretes en diferentes partes de su cuerpo, y notorios tatuajes, hicieron que muchos pensáramos que estábamos ante un hombre extraño, que no encajaba en el grupo de amigos que compartía aquella noche. Por minutos, diferentes miradas escondidas se posaban sobre él, lo miraban preguntándose quién era, e imaginándose que estariamos ante una persona sin escrúpulos que podia atacarnos o hacer daño. Por eso, esos minutos reinó la descortesía, nadie le saludó, nadie le habló, solo mil miradas lo observaban cuestionando su presencia. El parecía seguro, desenvuelto, desenfadado, no daba muestras de saber lo que pasaba a su alrededor.
Pensamos que andaba solo, hasta el momento en que Juana miró atrás, recordó que andaba con el y le invitó a sentarse. Y ahí, a nuestro lado sentó aquel hombre desconocido para algunos, con el que comenzamos a compartir.
Una dicción clara y cuidada fue lo primero que percatamos de él, pero unos segundos bastaron para reparar además en que su cultura era amplia y su manera de ver la vida era tan sencilla que resultaba envidiable. En poco tiempo se unió al grupo, al que poco a poco se unió más gente para escucharlo. Abarcó tópicos nacionales e internacionales con sabiduría, en una conversación que dejaba verlo en sus conocimientos. Luego, como quien es guiado para se deje ver más allá de lo superficial, iba poco a poco dejando ver pedazos de su corazón. Lo mostró solidario, amistoso, educado, medido y hasta convencido de que no andaba en las mejores galas para el lugar en que estaba. Luego se despidió, pero en contradicción al momento en que llegó, ya todos teniamos su teléfono y mails. Queriamos mantenernos en contacto con aquel hombre a quien por suerte dedicimos caminarle el corazón. Besos para él.

