A veces te pasas años haciendo un edificio que pretendes que sea de los más grandes y fuertes de toda la ciudad y que además te sirva de orgullo. Aplicas todo tu esfuerzo y de repente, en cuestión de minutos lo derrumbas con una fuerza mayor en comparación a aquella que empleaste para levantarlo.
Mercedes ejemplificaba esto, mientras me contaba que había vivido los minutos más dolorosos de su vida, cuando ayudaba a su hijo de 4 años a hacer unas tareas y perdió por completo la paciencia hasta llegar a gritarle tan fuerte, que el pequeño bajó la cabeza y lloró en silencio con desesperación. Lo vio con su cabecita baja en la cama y sus llantos silenciosos parecían inundarle el alma. Sintió entonces lo que ejemplificó al principio de nuestra conversación: había destruído lo que en 4 años intentó construir con mucho amor y cuidados.
El pequeño parecía lleno de vergüenza, humillado e inseguro.
Lo abrazó fuerte, besó su cabeza mil veces y le pidió que se calmara. Cuando su llanto bajó, ella le enseñó su alma.
Le dijo que había muchos tipos de madres: las que dejaban que sus hijos llevaran sus tareas como quisieran porque no les importaba y las que los dejaban ser felices. Las que quieren que sus hijos queden bien, se mantienen cuidando cada pregunta de su cuaderno para que ganen buenas notas y demostraren que son inteligentes.
Explicó al pequeño que si le preocupaba él, era porque lo amaba más que al mundo.
Abrazó su espalda pequeña, apretó todo su cuerpo mientras le repetía que lo amaba mucho, muchísimo. Aún lloroso, el pequeño subió su cabeza mientras ella le preguntaba si la habia entendido.
Con un gesto dijo que sí y la abrazó. Ella sintió entonces que, aplicando fuerza y corazón, había iniciado de nuevo la construcción de su mejor edificio. Sobre todo ahora sabía que no tocaría las paredes delicadas que podían derrumbarlo de nuevo. Jamás, nunca.

