El doctor José Rafael Abinader se despidió sin alcanzar una de sus metas en la vida: la Presidencia de la República. Su interés en llegar el poder no era otro que completar la obra que legó a los dominicanos a través de su ejemplar trayectoria de hombre de trabajo y visión para producir riquezas. Solía decir que no necesitaba nada y que lo poco o mucho que poseía lo había obtenido con la dedicación y el sacrificio necesarios.
Como lo había intentado Juan Bosch en 1963, Abinader entendía que el pueblo necesitaba organización, disciplina y educación como pilares para progresar. Estaba consciente de que el desorden que ha caracterizado a la sociedad ha sido, por la inseguridad y desconfianza que ha parido, la retranca para el desarrollo. Había que revertir ese panorama creando oportunidades para convertir al dominicano en un ente productivo.
Deploraba que el liderazgo político, lejos de convertirse en referente de los buenos ejemplos, le hacía mucho daño a la nación con ostentaciones y derroche de los recursos públicos.
Si la identidad y el respeto se han perdido ha sido por causa de esa clase política que ha fomentado la cultura de que el poder es para aprovecharse, rompiendo con los principios más elementales para preservarlo. Aunque sabía que no seguir esa norma era exponerse, prefirió siempre enarbolar la honradez y la capacidad como bandera de sus aspiraciones políticas.
Abinader era enemigo de la corrupción pública. Y siempre recordaba que se costeó sus estudios en la Universidad de Santo Domingo con su sueldo en la Dirección de Impuestos Internos.
Era también una persona de mucho valor, que demostró desde muy joven cuando se enroló en la conspiración que culminó con la eliminación del tirano Rafael L. Trujillo Molina, en 1961.
En él se conjugaron muchos elementos, todos los cuales constituyen el gran legado que tras una vida de 89 años dejó al pueblo dominicano.
La Universidad Dominicana O&M es uno de sus aportes más luminosos. Del centro hay que decir no solo que llenó un vacío, sino que es el único de enseñanza superior que no recibe subvención del Estado gracias a la eficiencia con que se regentea. Como contralor general de la República del Gobierno de Antonio Guzmán, Abinader recuperó 38 millones de dólares que había evadido la Gulf and Western.
Ese dinero se destinó para obras de infraestructura en la región este.
Ese Abinader que acaba de despedirse, merecedor de los honores que se le han rendido, era también un educador de vasta cultura, que siempre estaba ocupado en algún proyecto, porque tenía la tesis de que la mejor satisfacción la daba el trabajo.

