Opinión

El marketing político

El marketing político

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Para entender cualquier tipo de mezcla entre las actividades comerciales, por un lado, y la organización de la sociedad para su participación ideológica a través de los partidos políticos, por el otro, es preciso buscar en la historia el momento de la convergencia: cuándo y dónde se escenificó el fenómeno en que el ser humano sintió y necesitó, no sólo organizar la producción de bienes y servicios, sino su comportamiento en el tejido social.

Esa relación, que Nicos Poulantzas imbrica entre el Estado, el poder y las clases sociales (Poulantzas: Estado, poder y socialismo, 1980), comenzó a escenificarse cuando la teoría medieval de la soberanía basada en el origen divino del rey se legitimó con la soberanía laica del Estado, ejercida por la voluntad de la nación, así como con la transición de la sociedad artesanal a la sociedad industrial.

Todo, después de la segunda mitad del Siglo XVIII, cuando la revolución industrial hizo posible un progreso social que se escenificó en dos vertientes esenciales: a) la producción mecanizada de bienes que, a su vez, propiciaron una multiplicación de los servicios; y b) la organización del Estado tras el advenimiento de una burguesía con tanto poder económico como la propia aristocracia.

Se podrían explorar las teorías de Levitt, Stanton, Mazur, Holloway y Hancock, Westing y Albaum, y las de los que —de una manera u otra— han aportado delineamientos y teorías en el discurso histórico del marketing, coincidiendo en que usuario, productor, mediador y vector forman parte de una indisoluble estructura social; o sea, de una totalidad que podría catalogarse como stablishment, sistema, interactuación o intercambio.

Unas catalogaciones que no podrían supervivir sin el ordenamiento social y sin la existencia de los partidos políticos, porque fue así como el ser humano pudo asentarse como un productor, consumidor y ente político capaz de elegir y ser elegido.

Y como apunté arriba, estos dos estremecimientos de la humanidad tienen nombres acumulados: revolución industrial y revolución burguesa.

La primera determinó la transición entre la sociedad artesanal y la sociedad industrial y la segunda transformó los sistemas políticos con la conformación de una clase social que ha sabido cambiar y permutarse para permanecer en el poder mediante la creación de los instrumentos más idóneos: los partidos políticos.

El vocablo “partido” empezó a utilizarse en sustitución de la locución “facción”, que se deriva del verbo latino “facere” (hacer, actuar), y ésta de la expresión “factio” (grupo social dedicado a actuaciones perturbadoras o nocivas).

De modo que el significado primario de “partido”, según su procedencia latina, contiene la idea de un “comportamiento excesivo, implacable y consecuentemente nocivo”, pero también “partido” evoca al verbo latino “partire”, que es partir, dividir, y fue utilizado para sugerir acciones sociales asimismo nocivas. Si bien la burguesía produjo con su llegada al poder el fortalecimiento de un Estado aparentemente plural, no se podría pasar por alto que requería de un instrumento para catalizar y neutralizar los conflictos violentos y dirimirlos parlamentariamente.

El Nacional

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