Por la enorme cantidad de drogas que llega por aire, mar y tierra y por el torrente de capitales procedentes del lavado de dinero que se inyecta a la economía nacional, puede decirse que el monstruo vino para quedarse.
No canta tres veces el gallo sin que las autoridades decomisen cargamentos de cocaína en puertos, aeropuertos, costas o zonas baldías, como los 154 kilos de estupefacientes incautados en las terminales Las Américas y Punta Cana.
Se habla, incluso, de redes del narcotráfico que usan los lagos de las presas para lanzar grandes cantidades de drogas desde aviones que cumplen el largo trayecto desde Suramérica.
Difícil es poder explicar cómo tanta droga se trasborda e ingresa sin mayores dificultades a los megamercados de Estados Unidos y Europa.
Duele decir que el narcotráfico ha logrado penetrar instancias a cargo de su persecución, como lo demuestran los extraños casos de fuga de José David Figueroa Agosto, Sobeida Féliz Morel y el español José Díez Conde, quienes se dice contaron con la complicidad de alguna autoridad.
Cálculos conservadores apuntan a que por cada cargamento de drogas decomisado por las autoridades, al menos cinco logran llegar a su destino, lo que indica que toneladas de cocaína se reexportan a Norteamérica y Europa desde República Dominicana y Haití.
Con la matanza de Paya y otros asesinatos por encargo, el narcotráfico ha enseñado sus colmillos de violencia, mientras que con la inyección de centenares de millones de dólares en proyectos turísticos, plazas, y torres de apartamentos, muestra su poderosa garra del lavado de dinero sucio.
Ese cáncer se expande muy rápidamente por todo el tejido social, económico y político de la nación, lo que obliga al Estado, Gobierno y sociedad a practicar una cirugía general que extirpe un mal definido ya como catastrófico.
Hace falta que DNCD, Fuerzas Armadas, Ministerio Público y Justicia se fumiguen a sí mismos, para poder emprender la tarea de eliminar al monstruo del narcotráfico que ya convive entre nosotros y enseña sus garras.
