Cuando la mariposa Viki llegó a la casa de Arturo, su hermanito Alejandro lloraba mucho por una fiebre que no cedía con ningún medicamento.
Era una madrugada oscura y fresca. Alguien abrió la puerta del balcón y Viki, desorientada, entró.
La mariposa, vestida de arco iris, despertó a Arturo, quien encendió el bombillo de la habitación, se desperezó un poco y se puso a perseguirla.
Viki iba de un lado a otro deslumbrada por la luz que le hería los ojos. Viki se metió en el closet, se posó en el abanico apagado del techo y encima de una cruz pegada a la pared.
Mientras tanto, Alejandro, en los brazos de su padre, se reía de los vuelos rápidos del insecto, hasta que cayó rendido por el sueño.
Arturo arrinconó a la mariposa en la habitación. Quería que durmiera a su lado, pero Viki no quiso y se posó encima del cubrecama, que estaba en una esquina. Arturo le deseó buenas noches a la mariposa y posteriormente se durmió. En el resto de la madrugada tuvo un sueño feliz.
Tan pronto despertó, Arturo fue a ver a la mariposa, pero no la encontró en el lugar en que la había dejado.
El insecto, finalmente, fue encontrado por Arturo en la cocina. Hizo que se moviera, lanzándole una pelota. Voló hacia el abanico de la sala. Alejandro salió de la habitación y observó el vuelo de Viki hasta la puerta del balcón.
De repente, la madre de Arturo abrió la puerta y la mariposa salió a toda velocidad hacia la libertad. Arturo se puso a llorar, porque su amiguita Viki se había marchado. Pataleó y lloró tanto que sus ojos se hincharon, pidiendo el regreso de la mariposa maravillosa. Sin embargo, Arturo jamás la volvió a ver.
(Ubaldo Guzmán).
Nota
Semana invita a los escritores de literatura infantil a que aprovechen este espacio, a fin de que contribuyamos a incentivar el hábito de lectura en los niños. Las colaboraciones deben ser acorde con el espacio disponible.
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