En las naciones subdesarrolladas como la nuestra, donde la política dejó de ser una ciencia para convertirse en el modo de subsistencia de miles de personas, los procesos electorales despiertan pasiones que, a veces, se desbordan por encima de la razón, es necesario reflexionar sobre el país.
Este domingo 20, más de seis millones de dominicanos iremos a las urnas; unos a votar con la esperanza de un empleo, otros en aras de conservarlo, y hay quienes lo harán convencidos en hacer cambios sustanciales en la sociedad.
Sin embargo, cualquiera que sean los resultados, al día siguiente, todos tendremos que vivir en el mismo país, con los mismos amigos y vecinos. No importa el color de la bandera que se haya abrazado en la contienda electoral.
De modo que el liderazgo político nacional tiene la responsabilidad de mejorar el lenguaje y sus acciones durante los días que restan de campaña, para que terminado el proceso no queden heridas profundas.
Al parecer, el margen entre ganadores y perdedores será muy poco, por lo que hay que evitar que terminado el proceso tengamos un país dividido en dos grupos.
El momento amerita un compromiso de los de arriba y los de abajo, en aras no sólo de la gobernabilidad sino de la tranquilidad de la familia dominicana.
El país siempre ha sido de todos y no hay razón para que ahora deje de serlo. Perredeístas, peledeístas y militantes de grupos alternativos tienen la responsabilidad de mantener el respeto frente a los adversarios.
Es seguro que a partir del próximo año todos nos necesitaremos, porque los tiempos buenos de esta economía están pasando. Basta recordar que no hay garantía de que el programa Petrocaribe continúe más allá de este año.
También es bueno saber que el país debe destinar, a partir del año 2013, más de 150 mil millones de pesos para el pago de la deuda externa. Sólo estos dos elementos son suficientes para obligar a los dominicanos a pensar en el país.

